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Tensiones, luchas y rivalidades alrededor de la fundación de La Plata





El destacado historiador de la UNLP Fernando Barba y un repaso minucioso sobre los orígenes históricos y las disputas de poder en que terminaron por desembocar en la creación de la capital bonaerense


La fundación de La Plata coronó una larga evolución que dio inicio en 1820 cuando, por primera vez y como consecuencia de años de desencuentros, las provincias del litoral se impusieron sobre Buenos Aires, provocando la caída del Directorio y la consecuente disolución del poder central.

Hasta entonces, casi naturalmente, las autoridades nacionales nacidas de la Revolución de Mayo residieron en la ciudad de Buenos Aires.

Sin embargo, luego de producidos los hechos mencionados, surgió, el 17 de febrero de 1820, la provincia de Buenos Aires. Desde entonces el “provincianismo porteño” defendió con firmeza sus derechos posesorios sobre la mayor ciudad argentina, no sólo por prestigio y derecho territorial natural, sino también por los beneficios políticos y económicos que reportaba el manejo de la aduana, a través de la que se realizaba casi exclusivamente el comercio internacional.



Así nació el proceso que llevó en 1880 a convertir a Buenos Aires en capital de la Nación y su consecuencia directa: la fundación de La Plata, la nueva capital de la provincia de Buenos Aires.

LA PRIMERA CAPITALIZACIÓN DE BUENOS AIRES

En rigor, el tema de la capital de la República fue tratado inicialmente en forma orgánica en el marco del Congreso General Constituyente, en la ciudad de Buenos Aires, el 16 de diciembre de 1824. Allí se convocó, por primera vez, a los representantes de las Provincias Unidas del Río de la Plata. El cónclave buscaba encauzar las aspiraciones de unión y era consecuencia directa de la obra y acción del grupo político liderado por Bernardino Rivadavia y, a su vez, de los gobiernos provinciales que enviaron sus representantes.

El Congreso, que alcanzó la mayor representación del antiguo territorio del virreinato del Río de la Plata, se desarrolló ante la situación de guerra que se vivía por entonces con el Brasil, usurpador de la Banda Oriental, frente a lo que los congresales creyeron oportuno crear la primera magistratura y elegir un Presidente a fin fortalecer y concentrar el poder.

Así, tras ser electo, Rivadavia tomaba posesión de su cargo el 8 de febrero de 1826. Al día siguiente el flamante funcionario elevó al Congreso un proyecto de ley por el que declaró Capital del Estado a la ciudad de Buenos Aires con todo el territorio comprendido entre el puerto de Tigre y el de la Ensenada, y entre el Río de la Plata y el río Reconquista, y desde éste tirando una línea paralela al Río de la Plata hasta dar con el río Santiago, quedando dicha zona bajo jurisdicción del Gobierno Nacional.

La primera vez que se planteó el tema capital fue en 1826 a poco de asumir la presidencia Bernardino Rivadavia

Resurgía de ese modo la provincia, con gran vigor. Pero durante el largo período dentro del cual se desenvolvieron los dos gobiernos de Juan Manuel de Rosas en la provincia de Buenos Aires (1829-1832 y 1835-1852), no se volvió a plantear la cuestión nacional de la capital de la República. En efecto, el país convertido de hecho en Confederación y bajo la indiscutida tutela porteña y su gobernador, vio frustrados todos sus intentos de sancionar la Constitución donde se pensaba incorporar la solución de aquel problema.

DESPUÉS DE CASEROS

La caída de Rosas como consecuencia de su derrota ante Justo José de Urquiza en la batalla de Caseros, el 3 de febrero de 1852, inició el proceso que llevó a la convocatoria de un Congreso Constituyente. Sin embargo, habrían de producirse una serie de desencuentros que culminaron el 11 de septiembre de ese año con una revolución en Buenos Aires que produjo la separación de dicha provincia del resto del país, que sólo se lograría revertir nueve años más tarde.

Reunido en Santa Fe, el Congreso Constituyente sancionó en 1853 la Constitución Nacional la cual establecía en su artículo tercero que la Capital de la Nación era la ciudad de Buenos Aires. No obstante, debido a la secesión de la provincia, las autoridades residieron en la ciudad de Paraná.

El 23 de octubre de 1859, en la batalla de Cepeda, el Ejército de la Confederación Argentina venció a las fuerzas del Estado de Buenos Aires. Consecuencia de ello fue la firma del pacto de San José de Flores del 11 de noviembre de aquel año, que establecía la forma en que Buenos Aires se iba a reintegrar al país. Entre diversos asuntos, se estableció el llamado a reformar la Constitución de 1853; que se concretó en 1860 introduciendo un cambio en el artículo 3º.

Allí se estableció, entonces, el punto donde había de establecerse la capital.

FEDERALIZACIÓN DE BUENOS AIRES

La paz duró poco y llevó a la batalla de Pavón en 1861, donde se impuso Buenos Aires. En los meses siguientes a la contienda y ante el retiro de Urquiza, el triunfante general Bartolomé Mitre desplegó sus tropas al interior provocando primero la renuncia del presidente Santiago Derqui y luego la disolución de la propia Confederación. Simultáneamente, el Ejército porteño "cambiaba las situaciones" provinciales, colocando en los gobiernos gente adicta a la causa liberal. Así, nuevamente el país quedaba disuelto, pero a diferencia de otras oportunidades, permanecía en plena vigencia el lazo legal que unía a las provincias.

En efecto, Mitre sostuvo, pese a las opiniones adversas de las figuras más influyentes de la política bonaerense, la vigencia de la Constitución, en nombre y defensa de la que se habían lanzado contra el poder nacional. A partir del decreto del general Pedernera, en ejercicio del ejecutivo nacional, las provincias facultaron a Mitre para asumir provisoriamente al frente del Poder Ejecutivo Nacional.

El 11 de marzo la Legislatura bonaerense autorizó al gobernador para aceptar y ejercer los poderes que las provincias le habían delegado para convocar e instalar el Congreso Nacional. El 12 de abril, en tanto, se establecía que "la autoridad delegada por los pueblos se ejercerá bajo de denominación de Gobernador de Buenos Aires, encargado del Poder Ejecutivo Nacional".

En ejercicio del Ejecutivo nacional, Mitre envió el 7 de junio al Senado de la Nación un mensaje solicitando la ley de Capital de la República. Fue entonces que el 20 de agosto el Congreso votó la ley que federalizaba todo el territorio de la provincia de Buenos Aires. Pasada a revisión de la Legislatura provincial fue acompañada por un mensaje dirigido por Mitre en el que decía que la había apoyado "como una cosa seria que tenía en vista hacer efectiva la nacionalidad argentina sobre la base de la provincia de Buenos Aires". Este proyecto provocó la ruptura del hasta entonces pétreo partido liberal; como consecuencia, el sector liderado por Adolfo Alsina tomó el nombre de Autonomista, mientras que el quedó bajo la dirección de Mitre adoptó la denominación de Nacionalista.

Sin embargo, la Comisión de Negocios Constitucionales del Senado provincial aconsejó no aceptar la ley condicional del 20 de agosto. Félix Frías, miembro informante, pronunció un extraordinario discurso en respuesta al ministro de Gobierno, don Eduardo Costa. Defendió la integridad de la provincia y dijo: "Un pueblo que abdica su soberanía deja de ser un pueblo". El 4 de septiembre se votó el dictamen y fue aprobado por 14 votos contra 10, quedando por lo tanto rechazada la ley nacional que federalizaba Buenos Aires.

Mitre buscó entonces otra solución. El 19 de septiembre se dirigió a la Asamblea Legislativa provincial invitando a "manifestar su parecer sobre cualquiera otra combinación que haga posible la organización nacional".

El presidente del Senado contestó diciendo que la provincia hubiese preferido la coexistencia de las autoridades o que la Capital Federal se hubiere instalado en San Fernando o en otro punto de la provincia.

Y proponía como bases para una nueva ley las siguientes cláusulas:

1º Declarar a la ciudad de Buenos Aires residencia de las autoridades nacionales, hasta que el Congreso dictase una ley de capital permanente; 2º las autoridades provinciales podían seguir residiendo en Buenos Aires; 3º, la ciudad de Buenos Aires tendría representación en la Legislatura provincial; 4º todos los establecimientos e instituciones provinciales seguirían gobernados por las leyes provinciales; 5º la ley sería revisada a los cinco años por el Congreso de la Nación y la Legislatura provincial.Esto fue sancionado por Buenos Aires el 25 de septiembre y el Congreso Nacional dictó el 1º de octubre la ley, declarando a Buenos Aires, por cinco años, asiento de las autoridades nacionales. La legislatura provincial la aceptó y luego Mitre la promulgó.

Una vez más, se dejaba para un futuro incierto la cuestión de la capital.

UN PROBLEMA SIN SOLUCIÓN

Dicha ley terminaba el 7 de octubre de 1867 y las autoridades provinciales no estaban dispuestas a consentir su prórroga, por lo que el Ministro del Interior Guillermo Rawson comunicó que el Gobierno Nacional había dispuesto devolver a la provincia de Buenos Aires la jurisdicción que le acordaba la ley de 1862; informaba, además, que el Poder Ejecutivo había resuelto fijar la residencia del gobierno nacional en la ciudad de Buenos Aires, basándose en el derecho de simple residencia que los poderes públicos nacionales tenían en cualquier punto del territorio argentino. A su vez, se interpretó el silencio del Congreso como un consentimiento implícito de la continuación del estado de cosas, en cuanto no se relacionaba con los derechos de un tercero.

Durante seis años consecutivos, de 1868 a 1873, el doctor Joaquín Granel presentó y sostuvo el proyecto de federalizar la ciudad de Rosario de Santa Fe. También Nicasio Oroño, tanto como diputado primero y luego Senador, insistía, como en su momento Valentín Alsina, en la necesidad imprescindible de dictar la ley de Capital permanente. Lo cierto es que los proyectos de capitalizar Rosario como otros puntos, fueron sistemáticamente rechazados por diversos motivos.

Las observaciones del Ejecutivo a esas leyes se fundaban principalmente en su inoportunidad: dado el próximo cambio de Presidente en la primera; la segunda, por estar aún el país en guerra con Paraguay; la tercera, por razones de carácter puramente administrativo en su mayor parte y por las dificultades del traslado e instalación en una ciudad nueva a formarse en Villa María, Córdoba; y la última, también por estar cercano el término de la Presidencia. Lo cierto es que, una vez más el asunto fue nuevamente diferido.

HACIA LA REVOLUCIÓN DE 1880

Hay que retornar el hilo de los hechos políticos para comprender los que habrían de producirse a fines de la década de 1870. Con el triunfo de Buenos Aires sobre la Confederación, se inició la época de preponderancia del liberalismo porteño, enmarcado entre 1861 y 1874 pero con marcadas diferencias en los períodos presidenciales de Mitre y Sarmiento. En efecto, deben distinguirse claramente esas etapas.

La primera, durante la gestión presidencial de Mitre, donde el partido nacionalista se impuso en todas las provincias del interior, excepto Entre Ríos, donde el general Urquiza, arreglo mediante con el entonces gobernador porteño, continuó gobernando. Esta época estuo signada por la lucha de un federalismo masivo, desbordante y popular, que intentó reconquistar las posiciones perdidas. La guerra de los gobiernos contra los pueblos, al decir de Sommariva, concluiría en enero de 1868 con el triunfo del gobierno y sin apoyo del general Urquiza a la causa federal,la cual terminó con aquel federalismo para dejar el camino expedito a nuevas formas de manifestarse por parte del interior.

En tanto, en Buenos Aires se producía -ante el intento de Mitre de federalizar la ciudad capital de la provincia- la mencionada ruptura del partido liberal, recogiendo los autonomistas disgregados del viejo tronco, y dentro de la misma línea política, las antiguas banderas federales.

No debe extrañar entonces que viejas figuras del federalismo porteño se reincorporaran a la política provincial a través de su participación en el partido autonomista, entre otros Bernardo de Irigoyen y Diego de Alvear.

La muerte de Urquiza significó la desaparición del Partido Federal histórico que, pese a todos los avatares, se había mantenido unido cerca de su persona

UN NUEVO MAPA POLÍTICO

La renovación presidencial de 1868 dio cuenta de los cambios en el mapa político. Si bien aún existía la supremacía liberal, la influencia del mitrismo (nacionalismo) en el interior había decaído ostensiblemente. La provincia de Buenos Aires quedó a partir de 1866 en manos del autonomismo, no pudiendo el sector alineado con Mitre vencer desde esa fecha en ningún comicio, excepto la de electores de presidente de abril de 1874. La elección presidencial de 1868, en rigor, fue la piedra angular sobre la que se logró alcanzar la estabilidad política del país, según expresión de Del Carril. Era la cuarta elección desde la sanción de la Constitución y la más reñida, con la participación del resurgido partido federal que llevó la candidatura del propio Urquiza.

A pesar de la derrota electoral del Partido Federal, comenzó a formarse una nueva fuerza basada fundamentalmente en los viejos grupos políticos que se disputaron por años el manejo de los gobiernos provinciales. Este movimiento se vio detenido pero no frustrado por el contraste sufrido, y pudo en su momento superar la desaparición de Urquiza. La situación pudo controlarse rápidamente porque con mucha anticipación comenzó a tratarse el tema de la sucesión presidencial, que habría de ocurrir en 1874. La muerte de Urquiza significó la desaparición del Partido Federal histórico que, pese a todos los avatares, se había mantenido unido cerca de su persona.

De hecho, las fuerzas que lo habían configurado necesitaban reorganizarse a efectos de lograr participar en la política nacional. Se planteó, entonces, una cuestión que habría de ser fundamental: ¿se enrolarían alrededor de una de las figuras nacionales con base en Buenos Aires o tratarían de formar una nueva fuerza política capaz de imponer sus pretensiones a la enorme concentración de poderes existentes en aquella?

Desde 1869, se había lanzado el nombre de Nicolás Avellaneda, entonces Ministro de Justicia, Culto e Instrucción Pública, como posible candidato a la presidencia. En oportunidad de la inauguración de la Exposición de Córdoba, en octubre de 1871, se produjo una reunión entre éste y varios gobernadores del interior. De aquel encuentro surgió el compromiso de los líderes provinciales de sostener su candidatura y crear una fuerza nacional que uniera sus trabajos a efectos de lograr la victoria electoral en la próxima renovación presidencial.

He aquí el origen del que más adelante tomó el nombre de Partido Nacional, dado por el propio Avellaneda en su manifiesto del 18 de marzo de 1874 luego de obtener el apoyo de Adolfo Alsina.

Comenzaba a surgir un movimiento político de tendencia liberal dispuesto a ubicar los intereses provinciales del interior por sobre los de la gran provincia portuaria

BUENOS AIRES Y EL INTERIOR

Simultáneamente a la gestión de la candidatura Avellaneda, las agrupaciones políticas del interior se fueron aglutinando por atracción propia y por rechazo a los tradicionales partidos porteños, especialmente el mitrismo. Sectores que habían apoyado a Sarmiento en el interior, federales históricos que habían respondido a Urquiza, comenzaron a unirse y presentaron, a partir de la presidencia de Sarmiento, un frente común que les posibilitó, en poco tiempo, tomar el control de provincias como Córdoba, San Luis, La Rioja, Catamarca, Salta, Jujuy y Mendoza, antes en manos del nacionalismo liderado por Mitre.

Comenzaba, así, a surgir un movimiento político de tendencia liberal dispuesto a ubicar los intereses provinciales del interior por sobre los de la gran provincia portuaria. Pero también era evidente que les faltaba el apoyo de algún sector porteño sin el cual, se pensaba, era muy difícil gobernar. Por esos días el autonomismo estaba embarcado en llevar adelante la candidatura de su jefe, el doctor Adolfo Alsina. A pesar de ello, un hálito de esperanza existía, ya que los autonomistas, tanto como los nacionalistas, tenían limitadas vinculaciones con el interior.

Avellaneda contaba con la mayoría de las provincias, y aunque tenía en Buenos Aires cierto prestigio en un sector de la juventud y sumaba amigos de importante posición, no disponía de elementos suficientes para constituir una fuerza de regular importancia; todo dependía, entonces, de las uniones políticas que pudieran realizarse a medida que avanzara el proceso electoral.

Así las cosas, los tres clubs autonomistas de Buenos Aires -Comité Electoral, Comité Electoral de la Provincia de Buenos Aires y Comité Electoral Argentino- invitaron para proclamar a Alsina como postulante a la presidencia de la Nación.

Desde la llegada de Avellaneda a la presidencia, se puede afirmar que las oligarquías del interior pasaron a comandar la política nacional, aunque la posición y peso de Buenos Aires siguió siendo de suma importancia

El 1° de febrero de 1874 se realizaron elecciones de diputados nacionales en todo el país, sólo dos meses antes de la elección de los electores del presidente. En Buenos Aires venció el autonomismo, pero en el interior, los partidarios de Avellaneda triunfaron en diez provincias. Esto desbarrancó la candidatura de Alsina, quién admitió que una fórmula presidencial entre ambos partidos podía ser la base de la conciliación de las dos entidades geográfica-económicas en pugna, y sin abdicar del programa republicano federal, renunció a su candidatura y se plegó a la de Avellaneda.

Es innegable que Alsina no renunciaba a su programa, pero si lo hacía desde el punto de vista nacional, al reducir a su partido a una simple entidad provincial, a pesar de su incorporación a un partido que abarcaba todas las provincias. Es probable también que buscara garantías para su provincia y no quedar personalmente descolocado en la política nacional. Por otro lado, consiguió de esta forma poner a un hombre de su confianza, Mariano Acosta, entonces gobernador de Buenos Aires, como candidato a ocupar la vicepresidencia de la Nación.

LA IRRUPCIÓN DE SARMIENTO

El 12 de abril de 1874, la fórmula Avellaneda-Acosta triunfó en once provincias, pero cayó derrotada en Buenos Aires. Desde la llegada de Avellaneda a la presidencia, se puede afirmar que las oligarquías del interior pasaron a comandar la política nacional, aunque la posición y peso de Buenos Aires siguió siendo de suma importancia, y el prestigio de sus figuras se mantuvo intacto, de forma tal que éstas -caso Alsina- podían tener fundadas esperanzas de convertirse en candidatos presidenciales.

Fue así que en 1877 se produjo un hecho político de gran importancia por sus consecuencias ulteriores. Los primeros años de la presidencia de Avellaneda fueron, especialmente en Buenos Aires, de gran tensión política. El nacionalismo, derrotado en su intento revolucionario de 1874, continuaba siendo fuerte y se mantenía en una abstención política rayana a la revolución. Para concluir con esta situación, los políticos comenzaron a buscar un acercamiento entre el autonomismo que apoyaba al presidente y el nacionalismo.

El 4 de mayo de aquel año se realizó una entrevista entre Avellaneda y Mitre, iniciándose el proceso de la conciliación. Esto provocó una ruptura dentro del autonomismo, ya que el sector moderado aceptó esa política pero el elemento joven, liderado por el ex presidente y estadista Domingo F. Sarmiento, se opuso y formó un nuevo partido. El propio Sarmiento, refiriéndose a la conciliación, había expresado: "Las ideas no se concilian; las conciliaciones alrededor del poder público no tienen más resultado que suprimir la voluntad del pueblo para sustituirla por la voluntad de los que mandan".

Los hechos se encargaron de abonar la sentencia del estadista y pensador.

La vida de la conciliación, como no podía ser de otra forma, fue efímera. La muerte de Adolfo Alsina, en diciembre de 1877, influyó decididamente en el proceso político que abarcó los años de 1878 a 1880. Los políticos de jerarquía provincial y nacional, que no habían soñado en la posibilidad de llegar a la presidencia de la nación, al menos en el período 1880-1886, ya que se consideraba a Alsina como candidato indiscutido, salieron a la palestra. Los dos más destacados y aparentemente en igualdad de condiciones eran el general Julio Argentino Roca, Ministro de Guerra desde enero de 1878, y el doctor Carlos Tejedor, electo, conciliación mediante, gobernador de la provincia de Buenos Aires y convertido por el momento en jefe del Partido Autonomista. Dicho partido inició en abril de 1878 su reorganización y la formación de un partido de carácter nacional sobre la base de una alianza con los partidos provinciales que habían apoyado a Avellaneda, con el nombre de Partido Nacional.

Surgió así el Partido Autonomista Nacional, que sucedió y nacionalizó a la agrupación fundada por Alsina, siendo la mayor parte de sus componentes adversarios de la conciliación con el mitrismo. A su vez, los autonomistas creían haber comprendido que la única forma de terminar con la antinomia Buenos Aires-interior consistía, ante todo, en consolidar la nación, y la forma de lograrlo era dando un cierto número de miras comunes a todos los partidos federalistas del interior, evitando, a su vez, que éstos actuaran en defensa de su autonomía como fuerzas disolventes. Sin embargo, el tiempo mostró que éste intento, bajo la cobertura de sanas intenciones, sólo sirvió para acentuar aún más el predominio de Buenos Aires sobre el resto del país.

A poco de constituido el nuevo partido se suscitó una seria disidencia interna. El general Martín de Gainza, descontento de la orientación dada en el sentido de apoyar a Roca para presidente de la República, procedió a reorganizar el sector acuerdista del autonomismo, a fin de hacer nuevamente efectiva la conciliación y sostener a Tejedor como futuro presidente.

Se produjo entonces una especial reorganización de las fuerzas políticas. Los autonomistas, surgidos en 1862 para oponerse a los planes de Mitre, dirigidos hacia la federalización de Buenos Aires, se unieron al partido que sostenía para la presidencia al hombre que quería convertir aquella ciudad en capital de la República. El mitrismo, a su vez, marchó junto a Tejedor, quién permanecía encerrado en su feroz porteñismo e incluso estaba dispuesto a llegar a las armas para evitar que la ciudad de Buenos Aires pasara a manos de la Nación.

La conducta de Mitre se explica porque en 1862, siendo gobernador de Buenos Aires y dominando la escena política nacional, pretendió capitalizar a Buenos Aires para consolidar su poder y el de su partido en el interior. En cambio, a fines de la década de 1870, con el Partido Autonomista apoyando a Roca, hacer de Buenos Aires capital de la República implicaba entregar a su adversario político todos los resortes del poder.

Los autonomistas, a su turno, ya sea por convencimiento sobre la necesidad de consolidar definitivamente al Poder Ejecutivo, dotándolo de un asiento propio, o por conveniencias políticas personales y partidarias, al temer ser desplazados por las nuevas fuerzas y nuevos personajes, giraron diametralmente en su posición respecto a la capital.

Delineadas las dos candidaturas, la contienda adquirió singular violencia, y mientras los partidarios de Roca procuraban asegurar y extender su dominio en las provincias, Tejedor transformaba Buenos Aires en un verdadero campamento. En febrero de 1880 se realizaron las elecciones nacionales para renovar la Cámara de Diputados de la Nación. Como se sabía de antemano, las provincias fueron de los autonomistas nacionales, mientras que en Buenos Aires triunfaron los conciliados de Mitre y Tejedor. El 11 de abril se efectuaron las elecciones nacionales de electores de presidente, siendo el resultado el mismo que dos meses antes. Tejedor triunfó solamente en su provincia y en Corrientes, de donde era su compañero de fórmula Saturnino Laspiur.

A principios del mes de junio la situación hizo crisis. En el Riachuelo atracó una nave transportando armamento para el gobierno de la provincia. El día 3, una proclama del presidente denunció el estado de insurrección de la provincia, y considerando peligrosa la estadía en la ciudad, se trasladó al pueblo de Belgrano declarándolo residencia de las autoridades nacionales. Los diputados porteños se negaron a trasladarse y fueron declarados cesantes el día 24, ya en plena revolución.

Así la situación, y sitiada la ciudad por el ejército nacional, comenzaron las hostilidades chocando diariamente las fuerzas en pugna y produciéndose numerosas bajas en ambas partes. El 20 de junio se luchó en Puente Alsina y el 22 en la Meseta de los Corrales. Luego de estas acciones, se convino un armisticio entre ambas partes, llegándose a un arreglo definitivo sobre la base de la renuncia del gobernador, respeto a la autoridad del presidente y desarme de las fuerzas provinciales.

El vicegobernador, José María Moreno, asumió el mando. La situación alarmó a Roca, puesto que al quedar la legislatura conciliada que había apoyado a Tejedor a ultranza y un gobernador mitrista, no podía esperar que la provincia cediera a la Nación su ciudad capital. Por presiones de este sobre Avellaneda, el general Bustillo, interventor militar de la campaña bonaerense, llamó a elecciones de diputados para renovar el legislativo provincial. Este avance del poder federal, apañado claramente por Avellaneda, hizo que Moreno renunciara, quedando desde ese momento Buenos Aires en manos del gobierno nacional.

El presidente de la Nación había anunciado el 24 de julio que este proceso habría de terminar con la federalización de Buenos Aires, resolviéndose definitivamente el problema de la capital de la República. Siguiendo a Salvadores, podemos afirmar que los acontecimientos que se desarrollaron hasta que se dictó la ley de federalización de la ciudad de Buenos Aires, asignaron al doctor Dardo Rocha, senador nacional por Buenos Aires, un papel descollante en la dirección de la política nacional y en la solución del problema de la capital. Al producirse la renuncia de Tejedor, se reunieron en Belgrano los doctores Rocha, Pellegrini y Aristóbulo del Valle y convinieron que el primero de ellos sería el gobernador de Buenos Aires. Rocha a partir de ese momento se convierte en el conductor de la política que concluirá con la formación de La Plata. Fue él quien presentó la minuta al Congreso declarando disuelta la legislatura porteña hostil y convocando a nuevas elecciones. A ellas sólo se presentó el partido autonomista, presentando listas separadas el sector liderado por Leandro Alem, quién fue el encargado de defender la posición del porteñismo.

José María Romero fue designado Vicepresidente primero de la Cámara de Diputados y asumió el gobierno de la provincia con carácter provisorio y designó a Carlos D'Amico, íntimo amigo de Rocha, como Ministro de Gobierno.

El 24 de agosto, Avellaneda envió al Congreso el proyecto de federalización del municipio de Buenos Aires. Rocha fue miembro informante de la Comisión de Negocios Constitucionales y por supuesto, habló en favor de la idea presidencial. El 21 de septiembre fue sancionado y remitido a la Legislatura provincial para su ulterior aprobación. La ley sancionada establecía que la Nación tomaba a cambio del Municipio, la deuda externa de la provincia y pagaría a esta, una indemnización por los edificios y obras públicas de la ciudad que le hubiesen pertenecido. La ley de cesión fue sancionada en la legislatura provincial el 26 de noviembre y promulgada el 6 de diciembre, con lo cual se cerraba este largo capítulo de la historia argentina. Tuvo como opositores solamente a cuatro diputados, siendo las figuras relevantes Leandro N. Alem así como uno de sus más destacados adversarios, José Hernández.

Conviene aquí hacer una aclaración. El territorio que se federalizó en 1880 fue sólo el que ocupaba la ciudad en ese momento, es decir desde Retiro a Plaza Miserere y de allí hasta el Riachuelo. La forma actual es fruto de una segunda federalización, en 1887, que involucraba a los pueblos de Belgrano y San José de Flores, quedando demarcados los límites definitivos por lo que actualmente es la Avenida General Paz. Era entonces gobernador de Buenos Aires Máximo Paz y Presidente Juárez Celman.

HACIA LA FUNDACIÓN DE LA PLATA

Concretada la cesión de Buenos Aires, Rocha, quién contaba con el explícito apoyo de Roca, fue electo sin oposición gobernador de la provincia, siendo vicegobernador Adolfo Gonzales Chaves. Al tomar posesión del cargo, el 1º de mayo de 1881, expresó que la nueva capital debería necesariamente ser algo más que un simple centro administrativo de escasa relevancia y difícil desenvolvimiento. Por decreto de 4 de mayo fijó las condiciones que debía ofrecer la localidad o lugar que se destinase a la capital provincial, siendo excluyente la facilidad de acceso a vías de comunicación, tanto con el interior como el exterior del país, haciendo visible la proximidad a una vía navegable de importancia, pudiéndose ligar con las redes camineras y ferroviarias troncales de la nación. Para cualquier observador era evidente que la nueva capital debía tener una posición similar a la de Buenos Aires.

A esta altura es conveniente aclarar que Rocha prácticamente, desde que se desató el proceso que venimos relatando, tenía pensado no sólo fundar una nueva ciudad, sino también hacerlo en las Lomas de la Ensenada, con acceso al nuevo puerto que habría de construir sobre el antiguo de la Ensenada porque esperaba construir la Nueva Buenos Aires, la que habría de rivalizar y superar a la antigua, basándose para ello en la evidente superioridad que tendría el nuevo puerto sobre el antiguo, base del esplendor porteño. Sin embargo, el tiempo se encargaría de mostrar que, aislada del interior por no acceder a la red ferroviaria nacional, la simple tenencia de un buen puerto no sirvió a La Plata para superar a la capital. Sin embargo, los estudios lo mismo se realizaron con el propósito de contrarrestar las influencias que harían valer varias ciudades y pueblos tradicionales de la provincia.



El 19 de noviembre de 1882 quedó fundada La Plata como expresión del más alto exponente de la capacidad constructiva de la provincia que era como decir de la Nación misma

Para realizar los estudios Rocha formó una comisión que formada por el senador nacional de la provincia Aristóbulo del Valle, el doctor Eduardo Costa, Eduardo Wilde, Eduardo White, Faustino J. Jorge, Manuel Porcel de Peralta, Antonino Cambaceres y Saturnino S. Unzué, Francisco Lavalle y José M. Ramos Mejía.

Las localidades que la comisión debía estudiar eran Ensenada, Quilmes, Barracas al Sur (Avellaneda), Olivos, San Fernando, Zárate, Chascomús, Dolores, Mercedes, San Nicolás, Belgrano y San José de Flores. Debía especificarse en todos los casos las ventajas e inconvenientes que ofrecieran.

El 1° de octubre de 1881 se expidió la comisión, habiendo estudiado en forma separada las ventajas y desventajas de las citadas localidades de la provincia agrupándolas, según su ubicación en tres tipos : mediterránea, fluvial y colindante con la ciudad de Buenos Aires. La Comisión concluyó opinando que "las localidades que reúnen el mayor número de condiciones para el establecimiento de un gran centro de población, es decir, condiciones higiénicas, hidrográficas y administrativas son: Campana, las lomas de la Ensenada y Zárate, en primer término y subsidiariamente Quilmes; Los Olivos y San Fernando, o los pueblos de la línea férrea del oeste, desde Moreno hasta Mercedes, si se hubiera de elegir una ciudad mediterránea".

Sobre este informe y especialmente sobre el censo de la provincia de Buenos Aires del 8 de octubre de 1881, el 14 de marzo de 1882 Rocha elaboró otro que fue enviado junto al mensaje que elevó a la Legislatura a efectos de capitalizar el municipio de Ensenada. En ese informe, se dividían las zonas susceptibles de ser capitalizadas en cuatro y en realidad estaba dirigido a demostrar que ningún pueblo o ciudad existente era apto para la nueva capital, puesto que hasta el mismo pueblo de Ensenada era descalificado al estar rodeado de zonas bajas y anegadizas que no permitirían el establecimiento de una gran ciudad. La comisión especial había designado como lugar apto las Lomas de la Ensenada, lugar que eligió el Ejecutivo provincial.

Lo que evidentemente indujo a Rocha a elegir el mencionado lugar era la proximidad del precario puerto ensenadense el cual, sin embargo, podía ser fácilmente convertido en un gran puerto, el cual, al menos teóricamente habría de competir con el de Buenos Aires. Lo cierto es que la provincia no se resignaba a no tener más un gran puerto sobre el Río de la Plata. Además, la calidad de los terrenos de la zona, ofrecían suficiente capacidad para levantar grandes edificios, tierras aptas para agricultura y ganadería, facilidad para la provisión de grandes cantidades de agua potable y posibilidades ciertas de extender la ciudad a medida que fuera necesario.

El 20 de abril de 1882 fue sancionado, con algunas modificaciones, por la Cámara de Senadores con sólo tres votos en contra, uno de ellos, el del senador Ortiz de Rosas quién sostenía que la exclusiva razón para instalar la nueva capital en Ensenada era la superioridad de su puerto sobre el de Buenos Aires. Sin embargo no creía que la nueva capital, pese a ello, pudiera competir con Buenos Aires.

Una de las modificaciones introducidas fue al artículo segundo, puesto que se le agregó la denominación que debía llevar la nueva ciudad. En efecto, la nueva redacción, con la que luego fue sancionado quedó de la siguiente manera: "El poder Ejecutivo procederá a fundar inmediatamente una ciudad (que se denominará "La Plata") frente al Puerto de la Ensenada sobre los terrenos altos". La Cámara de Diputados sancionó la ley, en la sesión extraordinaria del 27 de abril por 25 votos contra cinco. La ley fue promulgada el 1° de mayo declarando así capital de la provincia de Buenos Aires al municipio de Ensenada y el ejido de la nueva ciudad, de seis leguas cuadradas y se declaraban de utilidad pública las tierras cuyos límites serían al N.E., Félix Osornio, ejido de la Ensenada y Jorge Bell; al noroeste Jorge Bell; al sudeste Alfonso Demaría y Francisco Wright; al sudoeste Nicanor Sixto, Gabriel Llanos de la Roca y Compañía y Villaldo de Giménez; al sur Ceferino Merlo. Los terrenos que así por ley se expropiaban fueron entregados a una comisión especial. Por fin, y luego del largo proceso histórico aquí narrado, el 19 de noviembre de 1882 se produjo la fundación de La Plata con la colocación de la piedra fundamental.

(El presente artículo reproduce un pasaje central de la disertación del profesor Fernando Enrique Barba ¿Por qué se fundó La Plata: La cuestión capital de la República y la fundación de La Plata expuesta el pasado 29 de abril de 2022 en el Museo Dardo Rocha)

0221.com.ar / Begum / 


Julio Verne, el novelista que imaginó una ciudad como La Plata antes de que fuera fundada



El nombre del escritor francés suele asociarse con La Plata y su propuesta urbanística. Novela anticipatoria, pujas políticas y una exposición en París donde la capital provincial fue declarada "Ciudad del Futuro".


Ficción o realidad. Aunque parezca increíble, el mito que víncula el proyecto urbanístico de la ciudad de La Plata y la obra del extraordinario escritor francés Julio Verne nació de los ataques y el descreimiento que generaba la iniciativa impulsada por Dardo Rocha entre sus detractores. Luego, una vez concretada la ciudad de las diagonales, se consolidó en base a sus similitudes con France-Ville, una urbe ideal reflejada en la novela Los quinientos millones de la Begum, escrita por Verne en 1879, tres años antes de la fundación de la capital bonaerense. Cada vez que se habla el tema queda sobrevolando el mismo interrogante sobre la incidencia del autor de La vuelta al mundo en 80 días en el plano platense.

El asunto adquirió otro ribete cuando, en 1889, el responsable de la delegación Argentina en la Exposición Universal de París, Santiago Alcorta, ligó para siempre el nombre del escritor con la ciudad nacida de un plano.

- ¡He aquí señores, para maravilla de todos ustedes, la ciudad de Julio Verne!




Eso, o algo así, dijo Alcorta el 25 de mayo de 1889 mientras engolaba la voz ante un calificado grupo de personas que tuvo como invitado especial el presidente francés Marie Francois Sadi Carnot, frente al Pabellón Argentino en la Exposición Universal de París organizada como parte de las celebraciones del centenario de la Revolución Francesa.

Con un ademán refinado Alcorta llevó lentamente su brazo hacia el panel en el que, detrás suyo, se exhibía la colección de 25 fotografías que permitían ver los grandes palacios construidos en la ciudad fundada por el gobernador Dardo Rocha el 19 de noviembre de 1882, poco más de seis años antes de la escena parisina.


Las imágenes de La Plata en aquel evento generaron un gran impacto y fueron una de las joyas de la presentación. En rigor, la participación del país en el encuentro internacional fue descollante. Junto al profuso material sobre La Plata en la muestra se presentaron cultivos, carnes refrigeradas, maderas, vinos, tejidos, cristales y libros, entre otros productos.


El pabellón nacional, una verdadera mole de acero y vidrio de 23 metros de altura y 3000 metros cuadrados cubiertos, diseñado por el arquitecto francés Albert Ballu, fue premiado como el mejor entre los exhibidos por países extranjeros y provocó una gran atracción entre los concurrentes que se agolpaban para recorrer sus instalaciones ubicadas apenas a metros de la imponente Torre Eiffel, inaugurada para la ocasión.


Para dar a conocer a La Plata se exhibieron, además de las fotos, las estadísticas de la provincia dirigidas por el Emilio Coni además de sus trabajos “Capital de la Provincia de Buenos Aires”, publicado en 1885, y “Progresos de la Higiene en la República Argentina”, que contiene un capítulo titulado “Una ciudad higiénica. La Plata, Capital de la Provincia de Buenos Aires”. El material fue distinguido por los jurados de la Exposición, con medalla de plata. También fueron premiados con medallas de plata los ingenieros Francisco Lavalle y Juan Bautista Médici por sus estudios sobre las obras de salubridad y agua corriente para la ciudad.


"Hemos presentado a La Plata como la ciudad de Julio Verne, y ha producido gran admiración"; Santiago Alcorta.

De las 67 medallas de oro adjudicadas a la sección argentina, una fue otorgada al gobierno de la provincia de Buenos Aires por el plano en relieve de La Plata y otra al Departamento de Ingenieros del mismo por el Registro Gráfico, plano de la ciudad, el único de los planos conocidos con la firma de Pedro Benoit, como responsable del proyecto en su carácter de titular del Departamento de Ingenieros. La Plata fue catalogada en aquella oportunidad como “ciudad del futuro”. Se destacó su traza geométrica y la disposición de sus palacios y espacios públicos.

Al término de la exposición de París Alcorta –que otrora había sido ministro de gobierno de Carlos Tejedor, cuya derrota abrió las negociaciones que terminaron en la creación de La Plata- elaboró un pormenorizado informe en el que combinó aciertos y errores. En ese trabajo señaló que “Las fotografías de las escuelas de la capital y las de los palacios de La Plata, que hemos presentado, llamando a ésta, la ciudad de Julio Verne, han producido admiración en todos, entre la gente instruida, como entre los simples curiosos”. En el voluminoso documento de 650 páginas titulado “La República Argentina en la Exposición Universal de París 1889. Colección de informes reunidos”, el delegado del gobierno apuntó algo que le había llamado la atención de la reacción de los visitantes del pabellón: “la impresión que esas vistas producían en el espíritu de los visitantes del pabellón, y que se traducían en sus exclamaciones: ¡hay cosas como las de aquí!; ¡hay tramways, hay plazas, hay jardines como los nuestros!”.

Según crónicas de la época recogidas por varios investigadores de la ciudad, entre los presentes en el Pabellón Argentino estuvo el mismísimo Verne de quien hasta se ha llegado a decir que en aquella ocasión le entregó en mano a Dardo Rocha una de las distinciones. Versión que alimenta la leyenda pero es de dudosa comprobación.

No es fácil establecer, no obstante, si aquella utlilización del nombre del novelista francés en la presentación oficial fue un golpe de efecto propagandístico premeditado o no; lo cierto es que se trata uno de los escasos elementos concretos de un vínculo alrededor del que durante todos estos años se ha alimentado un vigoroso mito.

BURLAS Y CONCRECIONES

De la prolífica y visionaria narrativa de Julio Verne, que por esos años se había vuelto un exitosísimo escritor cuyas sagas futuristas deslumbraban al mundo entero, se desprende su preocupación manifiesta por los avances de la ciencia y el urbanismo; en especial su vinculación con el higienismo que era una corriente en boga en aquel momento. Era tal su ingenio que en sus creaciones no sólo imaginó ciudades del futuro sino también submarinos, máquinas voladoras y viajes espaciales siendo considerado uno de los padres de la ciencia ficción. Alguna vez escribió: “Todo lo que una persona puede imaginar, otros pueden hacerlo realidad”.

Al revisar su obra es posible advertir la importancia que le daba a la construcción de los entornos urbanos para sus historias a la vez que resulta ostensible la profundidad y amplitud de sus conocimientos sobre las ciudades de su tiempo y los problemas que las afectaban. Imbuido de la concepción sansimoniana del “progreso continuo”, que caracterizó su época, seguía con avidez las discusiones derivadas de la era del industrialismo. Las ciudades imaginarias de sus textos están inspiradas en su interés hacia lo utópico en relación con la complejidad de lo urbano, los avances técnicos de la arquitectura y las teorías sostenidas por los sanitaristas.

En ese tiempo, las novelas del escritor francés eran leídas con fruición en el Río de La Plata. A medida que la el proyecto impulsado por Dardo Rocha fue tomando cuerpo crecieron también sus detractores que fueron quienes lanzaron la consigna de La Plata como “la ciudad de Julio Verne” con un sentido irónico y peyorativo con el que buscaban señalar que la metrópoli en ciernes sólo era una fantasía como acostumbraban las historias del autor de De la tierra a la luna y que nunca llegaría a concretarse. Rápidamente ese planteo prendió en los periódicos porteños y la asociación comenzó a naturalizarse.

En ese sentido, suele citarse un editorial publicado en El Diario el 14 de noviembre de 1882 -a cinco días de la fundación- titulado “Obras son amores”. Allí se indicaba: “Los literatos de primera camada, aquellos que se nutren de la lectura fácil de las novelas modernas y saben su historia y su ciencia tal como la explican los romances populares, encontrarán ocasión propicia para decir que La Plata es una ciudad fantástica, una ciudad a lo Julio Verne”. En su conclusión el artículo sale en defensa de la iniciativa oficial y sostiene que “Ya nadie lo pone en duda; han desaparecido los literatos romancistas, que la llamaban ‘ciudad a lo Julio Verne’. Todos los que antes la negaban hoy están callados”.

Fundado el 8 de septiembre de 1881, El Diario era uno de los periódicos porteños más importantes de la época dirigido por Manuel Láinez, quien lo convirtió un órgano pro oficialista y, en ese contexto, uno de los principales promotores de la nueva capital así como, luego, de la candidatura de Dardo Rocha a la Presidencia de la Nación. Durante la gobernación de Rocha, Láinez alternó su actividad empresarial periodística con cargos políticos: fue secretario de la Cámara de Senadores bonaerense y luego, a partir de 1882, diputado provincial.

Otras publicaciones que rastrean o especulan sobre posibles lazos entre el escritor y la ciudad hasta mencionan posibles encuentros de Verne y Benoit tanto Europa como en Buenos Aires, donde el francés habría estado en una difusa fecha de la década de 1870. Esta última versión, era sostenida por fallecido el historiador Eduardo Sebastianelli quien señalaba como punto de contacto la masonería. Ya que Verne habría visitado Argentina para participar de un congreso masón y la mayoría de los proyectistas y colaboradores de Rocha participaban de las logias ante las que el escritor habría expresado sus ideas urbanísticas. No obstante quienes han estudiado la vida de Verne aseguran que al contrario que los personajes de sus libros, el escritor apenas salió de Francia. Sus viajes pueden contarse con los dedos de una mano: visito Escocia, Inglaterra y Escandinavia, e hizo un crucero a Nueva York.

En la gestación de La Plata participaron varios médicos higienistas que conocían la ciudad imaginaria de "Higeia", creada por Benjamin Ward Richardson que Verne usó como inspiración para su France-Ville.

LA HERENCIA DE LA BEGUM

En 1879, tres años antes de la fundación de La Plata, Julio Verne publicó, la novela Los quinientos millones de la Begum. Allí, dio vida a una urbe perfecta llamada France-Ville cuyos rasgos tienen llamativas similitudes con la ciudad de las diagonales.

Entonces, cabe preguntarse si Benoit y sus colaboradores en el Departamento de Ingenieros se habrían inspirado en la novela para desarrollar el trazado de la capital bonaerense. Es bueno resaltar, asimismo, que el libro de Verne se lanzó aún antes de que se acordara la cesión de Buenos Aires y surgiera, consecuentemente, la necesidad en la provincia de contar con una nueva capital.

Las calles cruzadas en ángulo recto están trazadas a distancias iguales, tienen una anchura uniforme, están arboladas y se las designa mediante número de orden

En realidad, Los quinientos millones de la Begum se basa en otro texto escrito en 1877 por el periodista -por entonces escritor novato- Jean François Paschal Grousset bajo el pseudónimo de André Laurie. Titulado originalmente como La herencia Langevol ese material llegó a manos del editor Pierre-Jules Hetzel con el que Verne estaba vinculado desde 1862 cuando le acercó una especie de crónica sobre un viaje en globo que el editor rechazó y le sugirió que la transformara en una novela. Así nació Cinco semanas en globo, aparecida al año siguiente que dio paso a la serie “Viajes Extraordinarios” en la que combinó el entretenimiento con la difusión de los conocimientos. Obsesivo lector de revistas científicas y geográficas, sostenía que cada dato en sus obras “ha sido examinado al detalle y es rigurosamente exacto”.Al leer el relato de Paschal, Hetzel decidió comprar los derechos de la obra y al año siguiente se la dio a Verne para que la corrija. El autor de Veinte mil leguas de viaje submarino fue más allá y prácticamente la reescribió. En 1879 se publicó inicialmente en la revista parisina Magasin d’Éducation et de Récréation y ese mismo año apareció en formato libro.

Según la trama, inesperadamente, dos hombres de ciencia, el médico Sarrasin y el profesor Schultze, reciben desde un estudio de abogados de Londres la noticia de que se les ha asignado una fabulosa herencia vacante de la Begum Gokool de de Ragginahara, provincia de Bengala en la India. Begum era una palabra con la que, según la tradición, se nombra a una viuda con un título honorífico. En este caso la mujer no tenía descendientes directos.

Sarrasin decide dedicar su parte para el progreso de la humanidad y se propone construir la ciudad ideal de France-Ville, en la que sus habitantes vivan de manera más saludable y armónica. En cambio, Schultze, propone una ciudad fabril donde se producen armas para las potencias del mundo. En la urbe bautizada como Stahlstadt o Ciudad de Acero, se fabrica un cañón gigante que apunta a la vecina France-Ville. Así da forma el autor al núcleo principal del argumento que es la construcción de dos ciudades opuestas en todo sentido y despliega una formulación utópica epocal a la vez que una interpelación acerca del poder del dinero y el avance del imperialismo. En la obra, resulta visionario el uso del gas toxico y los misiles aereos, armas utilizadas 35 anos despues en la Primera Guerra Mundial.

SEMEJANZAS

La primera gran coincidencia entre La Plata y France-Ville es que la novela trae la idea de erigir una ciudad desde cero, libre de los vicios de las grandes metrópolis de occidente. Sin embargo hay más.

En estos tres párrafos tomados del texto encuentran los especialistas rasgos en común en las propuestas de ambos proyectos urbanísticos: “El planteo de la ciudad es esencialmente simple y regular, de manera que pueda prestarse a todos los desarrollos. Las calles cruzadas en ángulo recto, están trazadas a distancias iguales, tienen una anchura uniforme, están arboladas, y se las designa mediante número de orden.”

“Cada medio kilómetro, la calle, un tercio más ancha, toma el nombre de bulevar o avenida y presenta sobre uno de sus costados un espacio al descubierto para los tranvías y ferrocarriles metropolitanos.”

“En todos los cruces habrá un jardín público, ornamentado con hermosas copias de obras maestras de la escultura, en espera de que los artistas de la ciudad produzcan creaciones originales dignas de reemplazarlas.”




En su texto Las utopías urbanística verneanas y La Plata el arquitecto Julio Ángel Morosi cotejó los planteos de Verne para France-Ville con el plano platense y observó otras importantes similitudes: el emplazamiento de bulevares cada medio kilómetro, la distribución de espacios verdes y la preservación del Bosque.

El urbanista advirtió que “las coincidencias no se limitan sólo a lo formal, por el contrario, otros rasgos comunes pueden descubrirse fácilmente. Un aspecto debe ser destacado muy especialmente. Verne, había señalado, en su texto París en el siglo XX (una novela que Hetzel se negó a publicar en su momento y que recién vio la luz en 1994), la pobreza y sordidez de los ensanches inducidos por el industrialismo en las grandes ciudades. Ellos los convertía en lo que Mumford ha llamado con acierto ‘El paraíso paleotecnológico: la ciudad carbón’. Por ello, en su modelo France-Ville insiste particularmente en la importancia del equipamiento urbano y especialmente del equipamiento cultural y el ornamento estético, así como el arbolado. Se detiene particularmente en aquellas medidas tendientes a asegurar las posibilidades ambientales e higiénicas que favorezcan que los habitantes puedan ‘desarrollar su potencial cerebral y muscular’, como él lo expresa".

Después de leer detenidamente la novela en busca de las semejanzas Morosi se abocó al proyecto platense. Observó que en su descripción, "Benoit destaca y detalla especialmente la introducción de los edificios públicos, que comprenden los de educación y cultura, así como su cuidadosa distribución homogénea en la traza urbana, para asegurar el fácil acceso a los mismos, por parte de toda la población. Como es natural, los contemporáneos de La Plata advirtieron prontamente estas coincidencias y, por ello, la nueva capital provincial comenzó a ser conocida como ‘la ciudad de Julio Verne’”.

Otros puntos del diseño de La Plata que enumeró el expero son: El perímetro de la ciudad es un cuadrado perfecto; se establecen bulevares a cada seis manzanas; la forma general de las manzanas está representada por cuadrados de 120 metros por costado; se fijó un ancho de 18 metros de muro a muro, calculando una vereda de 2 metros; Se creyó más conveniente dar a los bulevares de esta ciudad un ancho de 30 metros de muro a muro, con una vereda de cuatro metros, quedando, por lo tanto, una superficie libre para rodados de 22 metros, dimensión que permitía hacer un plantío de árboles en el centro. Por último, las calles y avenidas han sido designadas con números.

Los detractores del proyecto de Dardo Rocha cuestionaban la construcción de La Plata y apostaban a que no se concretara.

En 2005, al cumplirse cien años de la muerte de Julio Verne el municipio platense organizó una serie de actividades para conmemorar al que fue considerado como “primer creador de La Plata”. Entre las actividades se presentó el libro Verne y La Plata del arquitecto Rubén Pesci, tenaz impulsor de la postulación de la ciudad para ser considerada patrimonio de la humanidad por la UNESCO. En el texto se sostiene que, de algún modo, La Plata hereda y replica el diseño imaginado por el escritor francés y al empeño de un grupo de masones autóctonos. Se apuntan las semejanzas de las avenidas o bulevares cada medio kilómetro; los jardines o plazas y la ornamentación del espacio público, entre otros elementos

Último dato: Para obtener residencia en France-Ville era necesario "ser apto para una profesión útil en la industria, las ciencias o las artes y a comprometerse a respetar las leyes". Esa sí que parece una verdadera utopía.


Begum / 0221.com.ar / Pablo Morosi

Gustavo García Saraví, el sonetista de las diagonales

 


Miembro de la llamada “generación del 40”, Gustavo García Saraví (1920-1994) dejó sus influencias en la poesía local y una inmensa obra. Su estancia como juez en Misiones y su retiro en España.

 

Gustavo García Saraví nació en La Plata en 1920 y murió en Buenos Aires el 19 de mayo de 1994. Fue un reconocido poeta de la ciudad de las diagonales que recibió importantes distinciones; por todas las ciudades en las que vivió y por lo que viajó, se podría sostener que fue una suerte de escritor de exportación.

Forma parte de ese nutrido grupo de poetas platenses que ejercen de abogado al mismo tiempo que desarrollan su vocación poética (Horacio Castillo y Rafael Felipe Oteriño, por mencionar otros de nuevas camadas). En esta estirpe, por supuesto, que la poesía está primera que el derecho.

Entre las letras y la ley: las letras. Aunque de algo hay que comer... entonces la profesión se torna en una contingencia subalterna, una suerte de pasaje menor inevitable, que florece en ciertos temas, pero que no domina.

Porque la poesía lo toma todo. Captura la vida misma que se despliega y es forma de ser como pasión para aquello que la medida de la representación puede dar; en el caso del lenguaje como lira y arco tensado de la precisión fonética, del ritmo y la cadencia, aquello que es testimonio de una obsesión y constancia de existir.

Gustavo García Saraví era, sin dudas, un buscador de perfección. En la razón de la palabra precisa. La justicia es semántica para la sintáctica de la voz. Era el trabajo con la forma e imagen del pensamiento en el proceso de escritura. Aquello que en el Siglo de Oro Español era considerado grial, como en los poetas provenzales que llevaron el amor cortés hasta sus últimas consecuencias; como en el nombre de la rosa, la función del silencio. Memoria y legado, el aura, cierto misterio del verbo.

Ya en el claustro del Colegio Nacional (egresó en 1942), sus mentores Ezequiel Martínez Estrada y Pedro Henríquez Ureña lo marcarían a fuego, sobre todo este último en las lecturas del modernista Rubén Darío y en los versos politizados de José Martí.

Esa pequeña jaulita donde se esconde un refinamiento (paradójicamente) libre; aquello que lo dejará obnubilado para siempre. La regla sencilla, prístina, que esconde una formula a la que -si acaso se sabe usar-, abre el misterio: catorce versos endecasílabos, divididos en 2 cuartetos y 2 tercetos, con rima variable. Eso es, el Soneto. Esa maravilla.


Soneto para las iniciales grabadas en un árbol 


¿Qué dedos, qué suspiros, qué mensaje, 

qué silencio con lilas, qué limpieza, 

qué rosado mal gusto, que simpleza 

son esta savia dura, este tatuaje? 

¿Qué buscados crepúsculo y follaje 

con nubes o palabras, qué promesa 

de corazón nacido en la corteza, 

qué boca y juramento, qué homenaje 

son estas cicatrices, esta muerte 

de vanas consonantes, esta suerte 

definitivamente abandonada? 

Letras que el tiempo roe como a un hueso, 

máscara vegetal, gastado beso, 

endurecida fe, última amada. 

* 

Entre Asturias y Borges, “el sonetista de América” 

Gustavo García Saraví es hijo de la primer camada de poetas platenses, en especial de Francisco López Merino, a quien le dedicará un profundo estudio introductorio en oportunidad de reeditarse y publicarse su obra completa en 1968. Allí confesará su admiración por el poeta suicidado en 1928, sin perjuicio de la afinidad con sus otros vates de destino trágico: Ripa Alberdi, Delheye y Mendióroz.

Como ellos, y como sus pares de la llamada “generación del 40´” (Themis Speroni, Silvetti Paz, César Corte Carrillo, Ana Emilia Lahitte, los Ponce de León), asumirá el espíritu escéptico; cultivando tanto el soneto y como el verso libre, con clara predilección por el primero.

Los primeros textos de García Saraví fueron un manojo de poemas titulados Tres poemas para la libertad (1955), que decidió enviarle un día por carta al escritor guatemalteco Miguel Ángel Asturias; y quien al tiempo le escribió elogiando el tono y alentando a seguir la senda: “No sabe la emoción que me causa encontrar sobre mi mesa, como una bandera, como un grito, sus Tres poemas para la libertad”. A su vez, le envió un ejemplar a su maestro Ezequiel Martínez Estrada, quien le respondió con una carta que ofició de prólogo para una segunda edición, minúscula y artesanal como la primera.

Desde entonces le hizo caso, y continuó con Monografía para mi muerte y otras soledades (1956), Los sonetos (1958), Los viajes (1960) y Sonetos de amor (1963).

En 1964 publicó Con la patria adentro, un libro premiado por un jurado presidido por Jorge Luis Borges, quien en un aparte le dijo, a propósito del título: “Con la patria adentro, con la patria adentro... ¡qué incomodidad!”.

Cuatro años después, en una visita que Borges hizo a la ciudad de La Plata y con Gustavo García Saraví ya como miembro de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE), él será el encargado de acompañarlo y presentarlo en el salón del Colegio de Escribanos; de ese cruce se mantendrá un vínculo por correspondencia y que llevará al prólogo de Del amor y los otros desconsuelos (1968), donde el gran escritor argentino reconoce el legado de su viejo amigo “Panchito” López Merino en el joven García Saraví, a quien bautiza como “el sonetista de América”. En este texto Borges alude directamente a la serie de sonetos patrióticos, sin detenerse en los eróticos, que son el sustento del libro.

Entre las letras y la ley

En 1948 se recibió de abogado en la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad Nacional de La Plata, pero nunca dejó de lado la poesía. Se podría considerar que los dones leguleyos de García Saraví se combinarán a la perfección con el arte poética.

Con su colega de generación, también el poeta y abogado Horacio Ponce de León, montaron un estudio jurídico al que muchos recuerdan como “el bufet inolvidable”, en un edificio de calle 12 entre 47 y 48.

El poeta Néstor Mux, por ejemplo, recuerda como anécdota que la condición para ir a ese estudio y mantenerse un tiempo allí era hablar exclusivamente de versos y terminar almorzando unos triples de miga. Ahí iban con Roberto Themis Speroni, mientras transcurría la mañana todo se volvía tertulia y “la ley” quedaba corrida de lado por las grandes obras de la literatura universal.

Cuando sonaba el timbre y aparecía algún cliente nuevo, Gustavo atendía el portero eléctrico y les avisaba: “Los doctores no están, venga mañana por favor…”. Entonces todos se mataban de risa.

Antes de dejar la ciudad, escribirá: La Plata es “una ciudad / poco propicia / para nacer, vivir, copular, escribir / ser o morir”.

A mediados los ´70, se instala en la ciudad de Posadas, Misiones, donde es designado Secretario Electoral. Recorre entonces intensamente la provincia, y dedica poemas tanto a Horacio Quiroga, escritor icónico, como también a cada ciudad y cada paraje misionero.

Ya a mediados-fines de los 70´, Gustavo García Saraví inicia una serie de viajes internacionales. Comienza una etapa donde seguirá escribiendo en forma intensa (Cuadernos del Ecuador,1976, Segundas intenciones,1976, Salón para familias, 1977, Última instancia,1979, Ensayo general, 1980, Escalera de incendio, 1981 y Puerta de embarque, 1986).

Desde entonces su preocupación se centra en las letras; en especial el estudio del siglo de oro, la generación del ´98 y del ´27. Los arcanos del soneto y la métrica. Temas que lo apasionaban, y que se dan en un contexto como la muerte del dictador Franco y la transición democrática en España (algo que el poeta vivirá con absoluto júbilo).

El exilio de un hijo en España lo lleva a visitar el país anualmente. En Madrid frecuentará espacios intelectuales, cafés, la tertulia y el mundo universitario. De su fluido contacto con miembros de la real academia surgirá la recepción de su obra y labor, que se verá cristalizada en 1981 con la publicación de sus Obras Completas. Se publicará por la editorial madrileña Empeño 14 en un tomo de 761 páginas, con introducción de la conocida hispanista Sara M. Parkinson "la dilecta inglesa de Pozuelo de Alarcón", en palabras del propio García Saraví, que le dedica las primeras 136 páginas del elefantiásico volumen.

En el alambicado estudio de Parkinson, se sostiene que el poeta “… no participa de la ternura desolada, del escalpelo aguzado y concreto con que César Vallejo desarma la raíz de las ficciones”. O dicho en otros términos: que el poeta no se embarca en la aventura aleatoria de la invención de palabras del peruano, sino en las fintas que trasunta la determinación del soneto; esa breve jaulita que, en el fondo, protege la fragilidad de la belleza.

En 1981 será galardonado dos veces: recibe el Premio Internacional de Poesía Leopoldo Panero y el Premio José Luis Núñez. Al otorgarse dichos honores se reconocerá en la obra de García Saraví su capacidad de abordaje y versatilidad para temas más diversos: el amor, la familia, la soledad, el tiempo, la vejez, la muerte, la patria, los héroes, la injusticia social.

Siempre cuidando la forma, con dolorido acento, asumiendo las cuestiones con ironía impiadosa. Se ha dicho que en su poesía las enumeraciones son mezcla elementos de lo cotidiano con los abstractos —en un, mismo plano—, es el tono tristemente sarcástico, la melancolía, la obsesión por los números y las cifras, entre tantas otras huellas.

De vuelta en La Plata

Para fines del 80´, Gustavo retornará a La Plata. Desde entonces podrá dedicarse de lleno a sus nietos y a su familia, pero nunca dejará de escribir. 

Por entonces su hija Mercedes García Saraví, experta en letras, será quien investigue a fondo el legado poético de su padre en una tesis doctoral que defenderá en México en 1989: “Esta madeja de nebulosas tintas”. Al igual que el trabajo introductorio de Parkinson que ya hemos mencionado, el de Mercedes resulta de cita inevitable para abordar la obra del poeta platense.

En sus últimos años fue reconocido por la Fundación Konex, entre otros premios. En 1990, la Municipalidad de La Plata lo designa ciudadano ilustre.

Gustavo García Saraví muere el 19 de mayo de 1994. Tenía entonces 74 años.

La voz grabada del poeta

Existe en el Archivo de la Palabra de Radio Universidad Nacional de La Plata la voz grabada de García Saraví. El audio presenta algunas deficiencias de sonido, pero se alcanza a escuchar al poeta leyendo sus siguientes poemas: "Qué pesadumbre el aire", "Balada de verano para el oso blanco del circo", "Qué amor, qué extraño amor", "Monografía para mi muerte", "Soneto para mis sonetos torturantes".


Begum / 12-2024 / 0221.com.ar

El hospital que nació con la ciudad y se volvió emblemático de la mano de una beata


Sor Maria Ludovica. Orgullo de los platenses, el Hospital de Niños Sor Maria Ludovica trabaja en forma permanente por la salud y el bienestar de la infancia. De su rica historia han sido protagonistas destacados médicos y una monja inolvidable que le dio su nombre y su impronta.


Detrás del importante pórtico con arcadas y columnas, todo se reducía a dos salas de madera con techo en cúpula y 60 camas. El personal estaba conformado por seis médicos y dos enfermeras. Así, bajo la dirección de Ángel Arce Peñalva, comenzó a funcionar, a fines de 1894, el Hospital de Niños de La Plata.

La creación del hospital fue impulsada por las damas de la Sociedad de Beneficencia, que consideraba prioritaria la existencia de un hospital pediátrico para la naciente capital. En 1888 habían logrado que el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Máximo Paz les donara el terreno. En un principio se había pensado en ubicar el nosocomio en el Paseo del Bosque, sin embargo esa idea fue descartada. Finalmente, la obra se llevó a cabo en la manzana comprendida entre las calles 14 y 15 y 65 y 66, frente a un gran espacio verde donde se extraía el agua potable para la ciudad, que más tarde tomaría el nombre de Parque Saavedra. La obra estuvo a cargo del ingeniero Isaac Villa Monte, que también intervino en la construcción de la Catedral.

El doctor Arce, con una destacada trayectoria política, donó su sueldo al hospital, lo que, tiempo después, permitió la construcción de un nuevo pabellón con 20 camas para pacientes con enfermedades infectocontagiosas.

Ángel Arce Peñalva, primer director del Hospital de Niños. Donó su sueldo para construir nuevas salas.


Entre los primeros profesionales estuvieron el cirujano Vicente Centurión, los clínicos Carlos Cometto y Alejandro Oyuela y el infectólogo Giordano Cavazzuti, entre muchos otros.

Arce fue sucedido en la dirección del hospital por los doctores Silvestre Oliva (1906-1912) y el mencionado Cometto (1912-1930). La administración en los primeros años estuvo a cargo de la Sociedad de Beneficencia, en colaboración con la congregación Hijas de Nuestra Señora de la Misericordia, representada por la superiora María Tarcisia.


Sor María Ludovica

A principios de 1908, la hermana Antonina De Angelis, miembro de la citada congregación, se incorporó para trabajar en la despensa y la cocina del hospital. Nacida el 24 de octubre de 1880 en San Gregorio, en la región de los Abruzzos de Italia, al consagrarse, en 1905, había adoptado el nombre de Sor María Ludovica. Si bien Ludovica era la mayor de ocho hermanos hijos de campesinos y apenas sabía leer y escribir, logró sortear el obstáculo del idioma y rápidamente comenzó a asistir a los médicos y a desempeñarse como enfermera. Su entrega y responsabilidad llevaron a que fuera nombrada Superiora del hospital al año siguiente, por recomendación del doctor Cometto.

Sor Ludovica transformó el hospital, destacándose por su dedicación en la provisión de alimentos y en la supervisión de las salas. Su accionar se veía reflejado en el orden, la limpieza y el cuidado de las instalaciones. Su labor infatigable la llevaba a pedir ayuda a donde hiciera falta. En este sentido, acudía con frecuencia tanto a la Gobernación como a otras dependencias oficiales, buscando colaboración para las necesidades del hospital. También solía dirigirse a comercios locales, solicitando su aporte, ya fuera en bienes o en recursos, para el bienestar de los pacientes y el funcionamiento de la institución.

Con la colaboración del entonces director del hospital, Alejandro Oyuela, y el apoyo clave del Ministerio de Obras Públicas, se consiguió comprar un terreno en City Bell, donde estableció una granja con animales de corral y una huerta. Durante años, la religiosa se encargaba de ir a buscar alimentos para los niños del hospital. En 1937, junto al arzobispo Francisco Alberti, promovió la construcción de la Capilla del Sagrado Corazón de Jesús en esa localidad.



Aquejada por una enfermedad que afectaba su riñón, Sor María Ludovica viajó a Italia y fue recibida en el Vaticano por el Papa Pío XII. Antes de regresar a Argentina, aprovechó la oportunidad para gestionar ayuda adicional para el Hospital de Niños de La Plata. Tras observar diversos emprendimientos en su país natal, se propuso crear en Argentina un espacio para albergar a los niños desamparados. Algunos chicos se quedaban a vivir en el Hospital hasta los 14 o, incluso, más años, y después se les conseguía un nombramiento como ayudante de cocina o limpieza.

Al desatarse la Segunda Guerra Mundial, Ludovica consideró estratégico dotar al hospital de la capacidad de fabricar sus propios insumos e impulsó el desarrollo de laboratorios propios. En enero de 1944, al producirse el terremoto de San Juan que dejó como saldo unos diez mil muertos, el Hospital de Niños de La Plata fue principal proveedor de suero antitetánico y antidiftérico.

En 1951 el ministro de Salud, Carlos Boccalandro, elaboró un decreto para que el Hospital Niños llevara el nombre de Sor Ludovica. Sin embargo, la tenaz oposición de la religiosa, que hasta amenazó con volverse a Italia, hizo que la iniciativa se dejara de lado.


Hospital provincial

En 1923 el hospital pasó a depender del Ministerio de Salud Pública de la provincia. En las décadas siguientes continuó sin pausa su desarrollo. Se inauguró un pabellón de cirugía y otro destinado a lactantes que contaba con ochenta plazas de internación y se añadieron nuevos servicios como otorrinolaringología y oftalmología.

Se produjeron grandes reformas y ampliaciones edilicias: se rediseñó el hall de acceso principal y se hizo un piso superior con habitaciones para médicos, un salón para secciones científicas y departamentos para las hermanas de la congregación. Además, se hicieron obras de saneamiento. Se construyó un área de farmacia y cuatro nuevas salas, lo que elevó las plazas a ciento ochenta, se habilitó una morgue y un laboratorio de análisis clínicos. A todo ello se sumó la instalación de una capilla donde se realizaban ceremonias. Todo esto dio lugar a la creación de los talleres de mantenimiento.

Orden y limpieza al servicio de la salud de los niños, la impronta de Sor Ludovica


Los cambios incluyeron la demolición del antiguo pabellón de tisiología e infecciones y la construcción de uno nuevo

Fueron años en que la poliomielitis, también conocida como el mal de Heine Medin, golpeó reiteradamente al país. En el verano de 1956, más de seis mil niños se vieron afectados. En el Hospital de Niños de La Plata se habilitó un piso del nuevo pabellón bajo la jefatura de Felisa Carbonari y Mario Ringuelet. Provisto de diez pulmotores para aquellos niños con severo compromiso de su aparato respiratorio, y bajo la sucesiva dirección de los doctores Ángel Ferrando y Boffi, el hospital fue uno de los centros claves en la lucha contra la polio.

Se creó el Servicio de Ortopedia y Rehabilitación, fundamentalmente para la recuperación de las secuelas de la parálisis infantil. Gracias a la donación de un amplio terreno en la zona de Punta Mogotes, Mar del Plata, se construyeron instalaciones y un solarium destinado al tratamiento de niños desnutridos, raquíticos y afectados por enfermedades crónicas. La monja viajaba a Mar del Plata dos veces al mes para supervisar ese proyecto, en el que también estableció el anexo de una escuela asegurando la continuidad de los estudios durante el tratamiento.


Cambio de nombre

Con la consolidación el hospital como un centro pediátrico de referencia a nivel nacional, también lo hacía la figura de Sor María Ludovica. Más allá de sus responsabilidades administrativas, asumió el papel de consejera y directora espiritual, no solo del personal médico y de enfermería, sino también de las familias de los niños internados. Su profunda espiritualidad hizo del hospital un centro de atención de la salud pero también un espacio de consuelo y esperanza.

Recordaba el doctor Roberto Silber que cuando se buscó establecer el dia del hospital se pensó en la fecha de nacimiento de Sor Maria Ludovica y se fijó la celebracion el 1º de octubre porque si bien se sabia que la monja había nacido en octubre, ella nunca quiso decir en qué día porque no era amiga de los festejos. Entonces se eligió el 1º para que indefectiblemente fuera en el mes de su cumpleaños.

En 1963, tras su fallecimiento, se dispone designar el hospital con el nombre de "Superiora Sor María Ludovica".


Su compromiso era tan grande que según se cuenta, cada día, a primera hora, Ludovica se ubicaba junto a la puerta principal para controlar la asistencia y el cumplimiento del horario y no se amilanaba para reprender a los médicos que llegaban tarde, muchos de los cuales, además de grandes profesionales, eran reputados académicos. Lo hacía con respeto y cariño y terminaba dando una lección a los catedráticos. Ludovica recorria los pasillos y salas con un enorme llavero donde tenia todas las llaves del hospital. Personalmente se ocupaba de preparar la comida para los medicos del plantel profesional. Ese tipo de actitudes fue generando una mística que la monja supo contagiar al resto.

Sor Maria Ludovica murió el 25 de febrero de 1962, a la edad de 82 años, sus restos fueron sepultados en el cementerio local, acompañados por una multitud y flanqueados por una doble fila de enfermeras del hospital.

En 1963 siguiente el Ministerio de Salud bonaerense impuso como denominación oficial para el hospital el nombre de “Superiora Sor María Ludovica”. Como se sabe, el 3 de octubre de 2004 la religiosa fue beatificada por Juan Pablo II con la presencia de autoridades del hospital. Ese mismo año sus restos fueron trasladados a la catedral platense. En 2016 fue habilitado en el hospital un museo para conocer la rica historia de la institución a la vez que homenajear a sor María Ludovica.

La habitación que usaba la hermana Ludovica se convirtió en sala con objetos personales, documentos y fotografías. Además, se incorporó instrumental de época que permite observar los avances médicos logrados a lo largo del tiempo, así como recordar a los profesionales de la salud que han dejado su huella en la pediatría.

Sor Maria Ludovica junto al doctor José Tarzian y otros galenos del hospital.

En buena medida el lugar se armó gracias a la labor de medicos como Ricardo Emmerich, quien llegó a trabajar con Ludovica y fue el encargado de compaginar la historia de su vida en un video. Lamentablemente la pandemia de covid-19 obligó a una serie de cambios funcionales y el lugar fue cerrado aunque ante la consulta de Begum, las autoridades aseguraron que se trabaja para reabrir la sala.


Nuevos Servicios

Es importante rescatar algunos hitos de los años que siguieron.

En 1967 se incorporó la primera generación de residentes en el hospital por iniciativa de Juan Vicente Climent con la contribucion de sus colegas Emilio Armendáriz y Mario Rentería

En 1968 se creó el Servicio de Hematología y al año siguiente se constituyó el primer centro de cirugía plástica y atención al quemado detoda la provincia.

El 24 de julio de 1974, coincidiendo con la conmemoración de los 80 años del Hospital y bajo la dirección de Roberto Elizalde y Hugo Pérez Salas, se inaguró el Servicio de Toxicología y las salas de Terapia Intensiva, con la jefatura de Adolfo Brook.

A partir de 1976 se instaló el consultorio vespertino y se creó el Servicio de Cardiocirugía, donde se realizó, en 1979, la primera operación con circulación extracorpórea. En esa época también se incorporó el primer ecógrafo pediátrico de la provincia.

En 1983 se creó el Servicio de Nefrología y se comenzó a construir el nuevo centro quirúrgico.

En la década del 90, se habilitó el Centro Quirúrgico, con sala de esterilización, ocho quirófanos, terapia intensiva e intermedia, cirugía cardiovascular y la unidad de trasplante de órganos sólidos, y también se reformaron las salas de neonatología.

En estos años se sumaría, asimismo, la ampliación del Servicio de Diagnóstico por Imágenes; el equipo de Hemodinamia; nuevas salas para los servicios de Neurología y Psiquiatría además de consultorios de especialidades, salas de cirugía y, sobre la calle 66, un nuevo complejo para Emergencias, Consultorios, hospital de dia y clínica médica, una obra planificada en 2010 e inaugurada recién a mediados de 2021.

A riesgo de caer en omisiones siempre antipaticas es necesario hacer algunos nombres, sumados a los ya mencionados: David Ziziemsky, Jorge Morano, Francisco Spizzirri, Serafín Ríos, José Pujol, Hugo Basílico, Rosario Merlino, Eduardo Cueto Rua, Emilio Cechini, Julio Mazza, Julio C. Poce, Horacio Toccalino, Ricardo Drut, Jorge Donatone, Graciela Pecotche, Zulma Santucci, Ricardo Ben, Teresa González, Norma Balcarce, Sandro Miculan, Eduardo Pucci, Daniel Pollono, Carlos Santanciero, Alberto Fontana, Roberto Pasquale, Jorge Strassera, Marta Jones, Zulma Fernández, Alfredo Bertolotti, Mario Ferreyra, Silvina Morales, Fabiana Prieto, Teresita Gentile, Patricia Climent, Carlos González Landa, Luis Guimarey, Silvia Mafía y, entre muchos -muchos otros-, Ricardo Rahman. A ello se suman todos los empleados administrativos, técnicos, auxiliares y asistentes, sin cuya contribución nada hubiera sido posible.


Fundación y Casa Ludovica

La Fundación del Hospital de Niños de La Plata se constituyó en 1991 con el objetivo de desarrollar investigación y docencia en temas vinculados a la niñez y de colaborar con la tarea central del hospital. Surgió por iniciativa del entonces director Roberto Silber, como una organización no gubernamental sin fines de lucro.

El surgimiento de nueva terapéutica en casos de enfermedades oncológicas requería para los niños tratamiento ambulatorios lo cual dio origen a la Casa Ludovica, un lugar donde brindar asistencia a familias con hijos en tratamiento ambulatorio en el hospital que viven lejos de La Plata y no cuentan con recursos económicos ni cobertura social para sostener un alojamiento.

A partir de donaciones, la iniciativa, impulsada por la entonces presidente de la fundación Herminia Itarte, se adquirió en 2003 un terreno ubicado, en 14 entre 64 y 65, a escasos metros del hospital donde en 2008 se construyó el edificio de la Casa Ludovica gracias a un subsidio otorgado por el Ministerio de Desarrollo Social de la Nación. La Casa fue inaugurada en 2011 y hoy acoge a unos 700 chicos y sus acompañantes.

La fundación también colabora para que sus pacientes puedan realizarse estudios complejos -que se deben hacer con equipamiento que no posee el hospital- en otras instituciones o centros médicos especializados. A su vez, solventa la revista Ludovica Pediátrica desde su lanzamiento en 1999 y, en materia de docencia, incorporó el dictado de una tecnicatura de paramédicos para atención de situaciones de crisis.

Por otra parte, se promueven trabajos de investigación relacionados con la mejora de las condiciones de salud en la sociedad. Para ello fue creado en 2001 el Instituto de Desarrollo e Investigaciones Pediátricas (IDIP) para desarrollar la investigación pediátrica de vanguardia para poder brindar nuevas herramientas terapéuticas y sociales.

En tal sentido, el actual presidente de la fundación, Juan Guillermo Salas, precisó que “estamos trabajando con el desarrollo de una nueva alimentación en base a una leche con muchas proteínas”. A su vez, Salas destacó la forma en que la fundación ha ido apoyando, a lo largo del tiempo, los distintos cambios que se impulsan a través de las políticas sanitarias. Para el directivo, en estos tiempos, el fin más trascendente de la Fundación es promover el compromiso y la solidaridad.

Casa Ludovica cuenta hoy con treinta habitaciones y se llevan adelante diversas actividades como talleres de nutrición y artísticos y dos coros. La Casa Ludovica se sustenta exclusivamente con el aporte de padrinos solidarios, la comunidad y la realización de eventos artísticos, gastronómicos, subastas además de una maratón y una gala anual.

Quienes quieran colaborar o esten interesados en conocer más sobre las tareas de la entidad pueden llamar al 4518240 o enviar un correo electrónico a la dirección: 

info@fundacionludovica.org.ar


Begum / 0221.com.ar / Pablo Morosi 

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