En un relato único, Alberto Antonini, vecino y protagonista privilegiado de
la vida del barrio Las Mil Casas de Tolosa, cuenta historias mínimas en las que
transpira el alma del lugar y sus habitantes varias décadas atrás.
Los barrios tienen historias en las que trasluce su alma. Las vivencias de
sus habitantes, sus costumbres, los dolores y las alegrías compartidas .y,
sobre todo, la solidaridad inquebrantable entre los vecinos que son como la
familia. Asi ocurrió y ocurre en el Barrio Las Mil Casas, el primer Barrio
Obrero de Latinoamérica con sus singulares características, nacido para
albergar a los trabajadores de los gigantescos talleres que Otto Krause
construiría entre 1885 y 1887, cuna de la primer huelga de carácter nacional en
nuestro país. De sus constructores y propietarios, el matrimonio compuesto por
Juan Eduardo León de la Barra y su sobrina Emma, autora del primer best seller
de la novela argentina, cuyo linaje se remonta a Alfonso IX, Rey de León a
fines del siglo XII.
Puestos a rememorar sobre la vida cotidiana y las rutinas y peculiaridades
del barrio hay que decir, ante todo, que las cosas estaban así regimentadas: Mientras
los hombres trabajaban en el ferrocarril o en los Talleres de Vialidad
provincial, que estaban cruzando la calle, la enorme mayoría de las mujeres
casadas eran amas de casa, lo cual requería realizar un trabajo igual o mucho
más agobiante que el de sus parejas. La esposa debía ocuparse de las tareas del
hogar y de la familia, por lo general numerosa, ya que a su marido y a un
significativo número de hijos, frecuentemente se sumaba algún pariente anciano,
pues los geriátricos eran muy escasos o inexistentes.
Las señoras compartían como espacio exclusivo el momento de barrer la
vereda. Salvo que lloviera, casi al unísono, como convocadas por un silencioso
e inexplicable llamado, entre las 9 y las 10 de la mañana casi todas las
vecinas de la cuadra salían a la puerta empuñando la escoba, con la radio
dentro de la casa a todo volumen, como para no perderse ningún detalle de la
novela de Audón López u otro guionista de moda. Entre los clásicos de entonces
recordamos a Fachenzo el maldito y otros cuyos títulos eran verdaderos alardes
de inspiración poética, como Arriando amores y penas, allá va el Tape Lucena.
Todas las radios estaban sintonizadas en la misma estación, así las mujeres
podían desplazarse cómodamente a la largo de la vereda para comentar con las
amigas las novedades del barrio sin perder ni un sólo momento de transmisión.
Hasta ahora, la ciencia no ha podido dilucidar cómo les era posible escuchar la
novela, hablar y escuchar a una o más vecinas, todo en simultáneo. Tal vez los
coquetos ruleros que exhibían, especialmente los fines de semana, les ayudaban
a separar las distintas ondas sonoras.
El salario promedio alcanzaba para vivir con un solo sueldo teniendo un
estricto control en los gastos, y prácticamente nadie tenía dos empleos.
Contratar servicio doméstico era una utopía, y por lo tanto la dueña de casa
debía idear una logística laboral de acuerdo a las posibilidades de cada
miembro de la familia, pero nadie quedaba inactivo. Los más pequeños eran los
encargados de hacer los “mandados” en los comercios cercanos; llevar mensajes
-sólo había un teléfono en las dos manzanas de Las Mil Casas- o algún pequeño
recipiente conteniendo gastronomía casera para un pariente o amigo. “Acá le
manda mi mamá para que pruebe”, era la frase a pronunciar indefectiblemente en
el momento de la entrega. Era tan solo una muestra de la conmovedora
solidaridad existente en la humilde barriada.
La hermandad del barrio
Conocíamos uno por uno a cada habitante de la manzana, y si alguien caía
enfermo, se le hacía llegar un humeante caldito de pollo, que por entonces
parecía tener propiedades curativas casi mágicas porque era lo primero que se
le administraba, sin importar su dolencia. Por lo general se lo elaboraba con
un plumífero del gallinero de algún vecino generoso, que lo sacrificaba con tan
nobles fines terapéuticos. Si quien enfermaba era la dueña de casa, vecinas y
parientas se turnaban para lavar la ropa, cuidar los chicos, preparar la
comida, etc., ya que era impensable que el marido faltara al trabajo.
Y aunque se quedara en casa, era improbable que un varón hiciera alguna de
las tareas domésticas. Era una época de hiper machismo y ni siquiera la propia
esposa consentiría en que las realizara, aun cuando ella estuviera
imposibilitada. Estaba muy mal visto, y daría lugar a absurdos comentarios
maliciosos y sonrisas socarronas. Si por casualidad algún santo varón amagaba
con empuñar el escobillón o enfrentar una pileta colmada de platos sin lavar,
la reacción de las damas era instantánea, especialmente si estaba presente la
querida suegra: “Deje, que ese no es trabajo de hombres…”, recalcando las
palabras con un tonito irónico especial, preocupada porque el hecho
trascendiera y diera lugar a dudas sobre la virilidad del marido de la nena.
Se consideraban tareas apropiadas e ineludibles para el hombre todo tipo de
reparaciones que demandara el hogar, sea el rubro que fuere: albañilería,
electricidad, carpintería, destapar un desagüe o canaletas, etc.,etc. Rara vez
se contrataba a un tercero, así que los muchachos de entonces debían “darse
maña” en diversas especialidades. Mal o bien, los trabajos se hacían, aunque
muchas veces la dueña de casa lo solicitaba en algún momento especialmente
inoportuno y con marcada insistencia:
- ¿ Viejo, por qué no aprovechás hoy que es domingo y subís al techo para
arreglar el tanque de agua que gotea..?
- Ahora no, mi amor, estoy escuchando el partido. Cuando termina me fijo.
- Cuando termina ya oscurece…
- Bueno, será otro día. Por favor, ahora déjame escuchar…
- Parece que es más importante el fútbol que tu propia casa… .¿Y ? ¿Ni
siquiera me vas a contestar?
- ¡Callate que me parece que nos cobraron penal…!
- ¡Claro, ni en mi propia casa tengo derecho a hablar! ¡Cuánta razón tenía
mami cuando me aconsejaba: nena, fíjate bien con quien te casás, porque desp…..
- ¡¡ Pero dejame escuchaaaar !!
- Ahhhh… y encima el señor me grita.
Pequeños dramas de la vida conyugal, muy frecuentes por aquellos años.
Posiblemente el ego de los protagonistas no fuera tan acentuado como en la
actualidad, y todo se solucionaba con algunas lágrimas durante el día y altas
dosis de mimitos por la noche. No sólo no existía el divorcio legal, sino que
las separaciones eran algo excepcional.
Los trapos sucios
Una de las tareas más duras era el lavado de la ropa, que se hacía en el
gran piletón de cemento ubicado al aire libre, en el pequeño patio cubierto por
una maraña de sogas para poner a secar las prendas. Implementos que proveía la
tecnología de la época para esta labor: una tabla rugosa de madera semidura, artefacto
al que después de sesudas cavilaciones los fabricantes le pusieron el ingenioso
nombre de tabla de lavar, y un grueso rectángulo de jabón blanquecino, al que
por ignotos motivos siempre se le llamó pan de jabón, aunque su forma nada
tuviera que ver con el alimento homónimo.
El complejo proceso se iniciaba poniendo la ropa con agua caliente en un
fuentón de hojalata, y luego refregando con el jabón sobre la tabla. Después de
un tiempo en remojo para que el producto ejerciera su efecto limpiador, le seguía
el enjuague a la temperatura que el agua saliera de la canilla (o de la bomba),
verano o invierno. Se la retorcía en la justa medida, procurando que escurriera
la mayor cantidad de agua sin dañar la prenda, y luego se colgaba para que
secara. Durante un breve período se puso de moda un artefacto compuesto por dos
gruesos rodillos cubiertos de goma, accionados con una manivela, pero pronto
dejaron de usarse porque no eliminaban la cantidad de agua esperada, dañaban la
ropa y rompían los botones, según decían las señoras que entendían del tema
Cabe aclarar que, al igual que en todas las épocas, determinado tipo de
ropa requería un tratamiento especial para que no se dañara ni perdiera color
durante el lavado.
Una vez seca la prenda, venía el indispensable planchado, ya que la mayoría
de las telas de entonces así lo requerían, realizado con pesados artefactos de
hierro a los que se les colocaban carbones encendidos en su interior.
Posteriormente fueron reemplazados por las planchas eléctricas, que facilitaban
muchísimo la tarea y disminuían la posibilidad de quemaduras y estropicios ante
la menor distracción.
El tiempo empleado en estas tareas y la dureza del trabajo magnificaban al
extremo las pequeñas catástrofes como ensuciarse el único guardapolvos; las
lluvias prolongadas que impedían el secado de la ropa; o tener en la casa un
bebe afectado con diarrea.
Los electrodomésticos
Fueron surgiendo importantes avances tecnológicos, que redundaron en
significativos cambios en el modo de vida comparando principios y finales de la
misma, especialmente por la aparición y popularidad que adquirieron los
electrodomésticos. Hacia 1950 solamente recordamos la radio y el ventilador, y
en algunos casos la plancha eléctrica, como existentes en casi todos los
hogares.
Los primeros lavarropas, especialmente aquellos con sistema de
escurrimiento, marcaron un hito en cuanto alivio de las tareas más pesadas.
Casi milagrosa fue la heladera eléctrica, pues con anterioridad los alimentos
se mantenían (precariamente) en la fiambrera, un cubo de unos 40 o 50 cm. de
lado, con todas sus caras, excepto el piso y el techo, construidas con alambre
de finísima trama que impedía el paso de los insectos. Se colgaba al aire
libre, a la sombra, en el sitio más ventilado posible. Casi contemporánea con
la fiambrera, los vecinos con mayores recursos contaban con una heladera
pequeña de gruesas paredes dobles de madera semidura, con aserrín rellenando el
espacio entre las mismas. Extrañamente, las recordamos a todas pintadas de
color verde claro.
Otro significativo avance en el confort hogareño fue la cocina eléctrica,
con horno y tres discos de material refractario que cubrían las resistencias en
la parte superior. En la mayoría de los barrios no había red de gas natural, y
los tubos de supergas y garrafas se difundieron años después. Anteriormente se
cocinaba en el fogón, una gran mesada de gruesas paredes de ladrillos y cemento
alisado, con pileta empotrada del mismo material, canilla y dos hornallas
(perforaciones en forma de prisma rectangular), cada una con un hueco en el
frente y otro en la parte superior, atravesado por dos o tres varillas formando
parrillitas que permitían asar directamente algún trozo de carne, choclo, etc.,
o apoyar sobre ellas recipientes más pequeños que la abertura. En ocasiones, se
utilizaban gruesas planchuelas de hierro, del tamaño exacto del hueco, que al
colocarse sobre las varillas, permitían otro tipo de cocción. Por el frente se
introducían maderitas, papel, trozos de cartón y marlos secos de maíz
(sobrantes del puchero) que permitían encender el carbón. Una vez logrado, se
cerraba con una puerta metálica provista de manija de gruesa madera. Alguna
quemadura era inevitable con este sistema, pero la dolorosa experiencia las
reducía al mínimo con el tiempo.
Otro sistema alternativo para cocinar eran los calentadores, alimentados a
kerosene. A los primeros, tipo Primus, era necesario darles presión
(bombearlos) con un pequeño émbolo y cada tanto repetir la operación para
mantener la llama. Era necesario hacerlo con precaución, ya que en caso de
excederse podían estallar y provocar verdaderas tragedias. La posterior aparición
de otros modelos con mecha regulable hizo innecesaria esta peligrosa y molesta
tarea.
El termotanque eléctrico permitió disfrutar de duchas prolongadas, pero por
razones de costo muy pocos pudieron disfrutar de él. Los calefones más comunes
de entonces consistían en una serpentina (generalmente de cobre) recubierta por
un cilindro de chapa, con una flor por donde salía el agua en forma de lluvia
en la parte superior, y un recipiente en forma de plato en la inferior, llenado
con alcohol de quemar mediante una alcuza (especie de jarrito con pico
alargado), que se introducía para verter el combustible por el mismo orificio
lateral por donde luego se encendía con un fósforo, solamente después de abrir
la canilla. La serpentina siempre debía estar llena de agua mientras hubiera
fuego, de lo contrario las delgadas paredes del cañito enroscado se
recalentaban y rompían. Con la base del artefacto apenas por encima de la
cabeza, era necesario levantar los brazos con mucha precaución, por el riesgo
de golpearlo y que el líquido encendido se derramara encima.
La llegada de la tele
Retomando el tema de los electrodomésticos, varios se fueron sucediendo sin
generar demasiados cambios, como licuadora, afeitadora, lustradora, etc., hasta
que a fines de la década se instaló el que mayores y más profundos cambios
produciría en la estructura social de toda la comunidad: el televisor.
Fue un antes y un después. Se abrieron insospechados e infinitos horizontes
para el conocimiento y para la distracción, pero un mundo de fantasía, mucho
más ingenuo quizás, llegaba a su fin.
Ya no llegaríamos corriendo de la escuela para tomar el Toddy (que venía en
“sus ricos frascos color caramelo”) mientras escuchábamos a Tarzán convocando a
los grandes simios a grito pelado, y al elefante con su ¡Ugee, Tantor!; ya no
tendríamos que escondernos en la selva africana ni imaginar a Jane, Boy o al
profesor Finlander, porque ahora podíamos verlos, y gran parte de la magia
desaparecía.
Antes de la aparición de esta maravilla electrónica, las tardes de lluvia
cuando no podíamos jugar al fútbol, imaginábamos mil aventuras con El llanero
solitario montado en su caballo Plata junto a su fiel amigo, el indio Toro; o
navegábamos los peligrosos mares asiáticos combatiendo a cañonazos con
Sandokan, el Tigre de la Malasia.
También era el fin del Radiocine Lux de los sábados a la noche, cuando
Radio El Mundo transmitía películas famosas guionadas para su emisión radial,
con la familia alrededor de la mesa compartiendo silenciosamente en invierno el
gran tazón de té con bombilla, que iba pasando de mano en mano. Entonces
sentíamos que estábamos juntos; con la aparición de la TV pasamos a estar
sentados uno al lado del otro.
Había llegado el tiempo de Pinky, de Cacho Fontana, de Colomba, del Negro
Brizuela Méndez. La gente se amontonaba en la vereda, frente a las vidrieras de
los grandes comercios del centro, para ver Casino Philips o alguno de los pocos
programas en blanco y negro de Canal 7, la única emisora existente, que
transmitía en horario reducido. Cuando los primeros televisores llegaron a Las
Mil Casas, en las noches de primavera o verano el aparato se ubicaba en la
habitación que daba a la calle, con los grandes ventanales abiertos y el
aparato sesgado de forma tal que pudieran ver los dueños dentro de la casa y
los vecinos en la vereda, ubicados en sillas traídas de sus casas. En
ocasiones, por ignotos motivos o porque por alguna causa se movía la antena “
se iba la señal ”, obligando a subir al techo para reorientarla en la dirección
correcta, según instrucciones que alguien frente al televisor le transmitía a
los gritos al de arriba : “ ahí va mejorando….dale un poquito más…más..¡pará
gil, que te pasaste !! ¡ ..para el otro lado, despacito.. ahí, ahí.. no la
muevas!”
Fiesta en las calles
El Club Villa Rivera era el punto de reunión obligado para la celebración
de distintos eventos: fechas patrias, aniversarios, bodas, reuniones de
familia, etc., pero en ocasiones los vecinos festejábamos en plena calle
diversos acontecimientos.
Los más chicos esperábamos ansiosos estos eventos, porque eran terreno
propicio para el florecer de nuestros amores tempraneros.
Quizás por motivos personales (ella tenía ojos de miel y aroma a jazmines
recién amanecidos) perdura el recuerdo de una cena de fin de año, allá por 1954,
cuando se ocupó la calle 523 (aún sin asfaltar), desde 3 casi hasta 4.
Ornamentamos el lugar con los pocos elementos que teníamos; el Club prestó
tablones, caballetes y las sillas de chapa multiuso que se utilizaban en las
más diversas ocasiones. También el vetusto amplificador y las bocinas de chapa
que conectamos a una vieja radio “capilla”. Los vecinos llevamos las mesas y
asientos que faltaban, utilizando como manteles una insólita diversidad de
pliegos de papel.
Cada uno aportó la comida y bebida que tenía en su casa con total
generosidad, compartiendo todo entre todos. Los silbatos de las locomotoras
recordaron nuestra prosapia ferroviaria, marcando el inicio del nuevo año con
singular estruendo, y el Sol comenzó a brillar con furia al demorarse sus labios
en los míos más de la cuenta, en el supuesto saludo protocolar.
Cuando el Universo dejó de temblar y los árboles se enderezaron, notamos
asombrados que continuaban los brindis y saludos, como si nadie hubiera
advertido el cataclismo.
Pero ya jamás nuestra vida volvería a ser como antes.La fiesta duró hasta
bien entrada la madrugada, con los más chicos golpeando latas para hacer
bochinche y algunos adultos olvidando viejas rencillas al compás de una milonga
o valsecito.
“…¿Dónde estará mi arrabal?;
¿Quién se robó mi niñez ?... “
En el barrio, en los carnavales se armaban verdaderas batallas en las que
participaban grandes y chicos, manteniéndose la muy injusta costumbre que todo
el que anduviera en la calle durante el fragor del combate corría el riesgo de
ser empapado, estuviera o no participando del juego. La situación se complicaba
dado que callejones y calles (excepto dos) eran de tierra, y a poco de
comenzadas las acciones se convertían en verdaderos lodazales y patinódromos
donde terminábamos cubiertos de barro hasta las orejas.
El festejo proseguía al atardecer, con bullangueras murgas de pibes
correteando con improvisados disfraces que inventaban nuestras madres con
bolsas de arpillera, retazos de ropa vieja y con alguna careta o el rostro
pintarrajeado. Algunas latas viejas reemplazaban a los inalcanzables
redoblantes y acompañaban nuestros ingenuos (aunque a veces picantes) cantitos.
Por las noches, los infaltables bailes en el Club Villa Rivera o en la Liga de
Fomento Dardo Rocha, los sitios más convocantes de la zona.
Afortunadamente, no faltaban los bailes populares en algún callejón, con
parlantes en la ventana y música emitida por radio o tocadiscos, y donde hasta
los más chicos podíamos participar e incluso ensayar nuestros primeros requiebros
amorosos.
En distintas épocas, habitaron el barrio figuradas destacadas en las más
diversas áreas: política, cultura, artes, deportes, etc., que por su
importancia no pueden ser mencionados en forma abreviada. También otros vecinos
que por sus características merecerían formar parte de la literatura picaresca
española del siglo XVI.
En muchas ocasiones, en nuestro querido barrio la realidad superaba a la
fantasía.
Es por eso que dejamos librado al criterio de cada lector aceptar los
hechos que narraremos como reales, o simplemente vincularlos como recurso
literario al realismo mágico relatado en sus novelas por Gabriel García
Márquez.
Imposible olvidar a Pucherito; a Peloduro con su cajoncito para lustrar
zapatos y su permanente nivel de alcoholemia que haría estremecer a los
actuales equipos de medición; a Napoleón y a la Dionisia, pintores de brocha
gorda permanente cubiertos de cal. Habitaban una casa semiderruida con una
letrina dantesca, construida directamente sobre un pozo, a la que se ingresaba
pisando cuidadosamente unos tirantes colocados de canto, sobrevivientes de un
piso de madera podrido. Colgaba del techo una cuerda con nudos, a la cual
debían aferrarse para evitar resbalones que podían ocasionar accidentes
imposibles de olvidar, y era absolutamente indispensable cuando por razones
fisiológicas alguno de ellos debía permanecer en cuclillas cierta cantidad de
tiempo.
Cada tanto, un matrimonio siriolibanés se trenzaba en memorables peleas,
que en ocasiones trascendían la intimidad del hogar y se prolongaban en la
calle. Los muchachos del barrio, aun siendo totalmente ajenos al conflicto,
habían tomado partido por el marido y confeccionado una bandera que proclamaba
su apoyo:
“Las Mil Casas con don Miguel”. En los momentos más álgidos del conflicto,
se instalaban en la vereda opuesta, justo frente a la casa de los
contrincantes, y al mejor estilo de una tribuna futbolera, proclamaban a grito
pelado y agitando la bandera su adhesión a uno de los protagonistas del
problema familiar.
El artista Francisco del Bueno inmortalizó en una de sus láminas
costumbristas al barrio y a muchos de sus personajes más populares, entre ellos
el Turco Loco, que tenía la costumbre de sentarse a leer en medio de las vías
del tranvía 13, originando que el motorman, el guarda y algunos pasajeros se
bajaran para convencerlo que se corriera y liberara el paso. Como era una
persona querida y conocida, no se originaban más conflictos que la pequeña
demora.
Cuentan que un joven vecino solía traer de sus viajes de trabajo, algunos
de ellos en zonas muy remotas, los más diversos animales que por distintas
circunstancias estaban condenados a una muerte segura en sus sitios de origen.
No hallando lugares adecuados que pudieran albergarlos, su casa se convirtió en
una especie de hospital y orfelinato para estos ejemplares. Dicen que en
distintas épocas habitaron Las Mil Casa dos pumas, un yacaré, un bagre manso,
un chimango que sobrevolaba el barrio con la más absoluta libertad, un peludo
al que por razones obvias llamaban Hipólito y la más insólita y variada gama
zoológica que allí encontraba refugio. Como toda información, sería conveniente
verificar su autenticidad, o directamente incluirla en los relatos del realismo
mágico del que hemos hablado.
Nada era imposible en nuestro Macondo de cabotaje.
Alberto Antonini / Begun / 0221.com.ar