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Publicidad de la fábrica que se publicaba en la prensa de la época |
Ctibor y los ladrillos de La Plata: de la Torre Eiffel a la Catedral
La firma había arrancado en 1882 con capital francés hasta que en 1905 la
compró Francisco Ctibor para convertirla en una industria modelo que subsiste
hasta hoy
La zona estaba apenas demarcada. En cada esquina se colocaban mojones
unidos por cordeles que iban bosquejando las líneas trazadas en el plano por
los profesionales del Departamento de Ingenieros encabezado por Pedro Benoit.
Moría 1882 y en la recién fundada capital de la provincia de Buenos Aires todo
estaba por hacerse.
Al norte de aquel deslinde, en tierras pertenecientes al terrateniente
Jorge Eduardo Bell, en lo que hoy es la localidad de Ringuelet, la sociedad
francesa Portalis Frères, Carbonnier y Compañía -dedicada originalmente al
comercio internacional- se había asociado con el emprendedor Luis Cerrano para
instalar el primer horno mecánico a vapor para fabricar ladrillos macizos,
insumo básico para abastecer a ese proyecto increíble: la construcción de la
ciudad de La Plata.
La planta, ubicada sobre un lote de unas cincuenta hectáreas, contaba con
un horno de cocción ininterrumpida de avanzada para la época que el propio
Cerrano había construido tras adquirir la patente del modelo desarrollado por
alemán Friedrich Hoffmann en 1859. Se trataba de una fragua continua para
ladrillos, cerámicos, cal, tiza y otros materiales de construcción que
alcanzaba hasta 1000 grados centígrados.
El emprendimiento estaba ubicado en un amplio sector denominado “Hornos del
Norte”, que era una de las tres áreas habilitadas por el gobierno de Dardo
Rocha en las afueras del casco urbano para el desarrollo de la actividad
ladrillera, además de la instalación de corralones y canteras cuya radicación
dentro del cuadrado de la ciudad estaba prohibida por razones de salubridad.
La superficie correspondiente a Hornos del Norte cobijaba varias empresas y
actividades en una franja de 669 hectáreas que habían sido expropiadas a Bell
para tal fin. Además del ya mencionado Cerrano, esas tierras se distribuyeron
entre un puñado de emprendedores como Inchauspe, Botet, Picabia, Richard,
González Morell, Rezzano, Dufour, Llano, Bertomeu, Cerviño, Rodriguez y Bidart.
Esos apellidos se erigieron en los primeros pobladores de lo que sería
Ringuelet al igual que los de muchos trabajadores de la fábrica, de cuyos
nombres se han perdido los registros, y que con los años fueron comprando lotes
y se asentaron en esa zona de acuerdo con la reconstrucción histórica realizada
por la arquitecta Cristina Avinceta, investigadora en Patrimonio y coordinadora
del Museo del Ladrillo así como de la recuperación de la historia del lugar.
Durante casi una década la fábrica aportó cientos de miles de ladrillos con
los que se levantaron los más importantes palacios, iglesias e innumerables
construcciones tanto públicas y privadas. Según documentos de la época la firma
asentada en Ringuelet fue el mayor proveedor en las obras que dieron vida a la
ciudad, tal como lo consigna la investigadora Beatriz Amarilla en su trabajo
“Edificios fundacionales de La Plata. El costo de sus insumos básicos”,
publicado en 1999 por el Laboratorio de Investigaciones del Territorio y el
Ambiente (Linta) dependiente de la Comisión de Investigaciones Científicas de
la provincia. La relevancia del emprendimiento quedó de manifiesto a partir de
un decreto gubernamental que garantizó la apertura de calles para el acceso al
predio fabril justificado en el gran movimiento que éste generaba.
Sin embargo, la bonanza se interrumpió como consecuencia de la crisis económica y financiera que sufrió el país en 1890, precedida por la quiebra del Banco Constructor, principal entidad que otorgaba créditos para las obras en la ciudad. Esta situación paralizó practicamente todas las construcciones de la naciente urbe y, por ende, dejó sin demanda a la ladrillera.
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Horno menor para cocción de tejas de la ladrillera Ctibor |
Es entonces cuando entra en escena Frantisek (Francisco) Ctibor, un
ingeniero nacido en 1857 en Tabor, República Checa, que había llegado al país a
finales del siglo XIX. Antes había trabajado en París con Gustave Eiffel en la
construcción de la famosa torre que lleva su nombre para luego viajar a América
donde participó en la apertura del primer tramo del canal de Panamá. Desde
allí, corrido por los letales efectos de la fiebre amarilla, el profesional
desembarcó en Buenos Aires.
Ctibor, que según los recuerdos familiares hablaba seis idiomas y se había
formado como ingeniero mecánico en Karlsruhe -la primera universidad alemana
con orientación técnica-, se radicó en Quilmes junto a su esposa Ruzena (Rosa)
Zeis con la que tuvo tres hijos: Carlos, Francisco y Rosa. Con suerte regular
probó llevar adelante varios emprendimientos; fundó un aserradero y una fábrica
de picaportes de bronce y hasta incursionó en la importación de cabañas de
madera desde Estados Unidos. Pero hacia fines de 1905 se encontró ante la
oportunidad de su vida. En octubre de ese año vio publicado en la prensa un
llamado a licitación para construir el canal troncal de los desagües pluviales
de La Plata. La obra implicaba tender el conducto maestro que correría bajo la
avenida 66 hacia el Río de La Plata y debía hacerse con el sistema abovedado,
lo que implicaba una enorme cantidad de ladrillos. Confiado, el checo se
presentó y ganó la licitación. Esto lo llevó a tomar la estratégica decisión de
adquirir la fábrica de ladrillos de Ringuelet que se hallaba prácticamente
paralizada y a la que, con el tiempo, convirtió en un establecimiento
industrial modelo.
Las instalaciones sumaban cuatro hornos; dos de combustión continua, del
tipo Hoffmann y otros dos “de llama invertida”, además de secaderos naturales y
un edificio en el que se realizaba la producción y también funcionaban oficinas
de administración y mantenimiento.
La fábrica Ctibor llegó a tener doscientos cincuenta trabajadores que, al principio eran, en su mayoría, de origen checo e italiano. Trabajaban en tres turnos de ocho horas, lo cual implicaba que un ciclo de producción continua que se prolongaba durante todo el día y la noche. Según los relatos familiares Ctibor reclutaba a compatriotas que llegaban al país y se alojaban en el Hotel de Inmigrantes que funcionaba en inmediaciones del embarcadero del puerto de la ciudad de Buenos Aires.
Impulsado por los postulados europeos sobre políticas de equipamiento
social que contemplaban ese tipo de soluciones habitacionales además de otros
beneficios para los trabajadores dentro del predio, en el que también vivía la
familia, se construyeron viviendas para obreros y personal jerarquizado y se
habilitaron una enfermería, un destacamento policial y un almacén. La casa más
antigua de ese conjunto, que sirvió de residencia del ingeniero checo y su
familia, data de 1906 y aún se conserva. Está ubicada en el actual Camino
Centenario y 514 y linda con el cauce del arroyo Del Gato a metros del
distribuidor Pedro Benoit.
En otras franjas del predio se dispusieron dos grupos de viviendas para
obreros. Si los empleados estaban casados les correspondía unidades con dos
habitaciones; mientras que en el otro sector estaban los solteros con casas de
una sola pieza que podía ser a compartir.
A medida que fue pasando el tiempo el predio que ocupaba la planta se fue
reduciendo y se lotearon tierras. De las cincuenta y dos hectáreas adquiridas
originalmente por Francisco Ctibor en la década del 90 quedaban unas diecinueve
de las cuales solo tres constituían la zona operativa de la fábrica, el resto
de las tierras se fueron loteando poco a poco.
Hacia 1950 la sucesión de Francisco Ctibor, fallecido en 1922, dio lugar a
subdivisiones y loteos de terrenos contiguos a la fábrica. De acuerdo con las
constancias y documentos de la época, con el tiempo se produjo la apertura de
calles y durante un tiempo la zona se conoció como el “barrio Ctibor”. Si bien
el nombre se perdió, aquel fue el germen poblacional de lo que luego sería
Ringuelet.
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Imagen del dia del casamiento de Franciso Ctibor y Rosa Zeis en Tabor antes de viajar para radicarse definitivamente en La Plata |
PARA LA PLATA Y MÁS ALLÁ
El ladrillo, obtenido de la cocción de una mezcla en base a arcilla y agua
es hasta hoy uno de los más nobles insumos usados en la construcción por sus
propiedades de resistencia, aislación y perdurabilidad. En los primeros tiempos
cada pieza llevaba grabado en relieve el nombre de la firma, algo que con el
tiempo se dejó de hacer.
La extracción de tierra para la producción fue aplanando la lomada donde se
asentaba la fábrica hasta llegar a la cota permitida que obligó a traer la
tierra de otras canteras. Se contaba con el tendido de rieles del ferrocarril
que garantizaban por un lado la provisión de los insumos a la vez que permitían
la distribución de ladrillos. Mediante conexiones era posible descargar en una
terminal ubicada en Barracas. Asimismo, la firma habilitó una oficina comercial
en la city porteña y, cuando salieron al mercado adquirió los primeros motores
diésel para alimentar su maquinaria.
Entre las principales obras de la ciudad que tienen ladrillos de Ctibor
figuran la Catedral, la Gobernación, el palacio de Tribunales, la Legislatura
provincial, el Instituto Médico Platense, el viejo Hotel Provincial, el Cine
San Martín, el Molino de la familia Campodónico, los viejos muros perimetrales
del club Estudiantes, el ex Distrito Militar donde hoy funciona la Facultad de
Artes de la Universidad y el aeropuerto local.
En Berisso también se usaron ladrillos de la planta en las instalaciones de
os frigoríficos Swift y Armour, la fábrica de Sombreros, el Hogar Social y
varias viviendas particulares; mientras que en Ensenada se encontraron en la
Destilería de YPF.
Pero la planta no solo abastecía de ladrillos a La Plata, sino que también
realizaba envíos a la ciudad de Buenos Aires y otros puntos del interior del
país. Dos de los proyectos más importantes acometidos por la firma de los
Ctibor fueron la provisión de ladrillos para las obras del Ferrocarril del Sud
y los subterráneos de la Capital Federal, obras que demandaron unos 55 millones
de ladrillos de confección industrial. Desde Ringuelet también se aportó a la
construcción de emblemáticos edificios porteños como la torre Kavanagh, algunos
docks en lo que hoy es Puerto Madero, la actual Usina del Arte y el Museo de
Bellas Artes.
EL IMPERIO DEL LADRILLO HUECO
A lo largo del tiempo, en la planta de Ringuelet se fabricaron básicamente
cuatro tipos: macizos, perforados, refractarios y huecos. A partir de los años
40 empezó a crecer el uso de los ladrillos huecos que habían comenzado a
fabricarse casi dos décadas atrás. Con el surgimiento del hormigón armado el
ladrillo pierde terreno en cuanto a su capacidad portante y su utilización
principal tiene que ver con los cerramientos. Es decir, la industria cambia.
A su vez, la evolución tecnológica fue dejando atrás el horno Hoffmann para
pasar a lo que se conoce técnicamente como “hornos de túnel”, que se habían
comenzado a usar en Europa en la década del 60 y que disminuían sensiblemente
el tiempo de producción. A su vez, se daba paso a un nuevo proceso de
fabricación que permitía reunir todas las etapas en un único edificio. Para
1995 la fábrica de Ringuelet había quedado rodeada de casas por el avance de la
urbanización y fue entonces que se decidió desactivarla. Su ubicación
privilegiada hizo que al año siguiente el predio fuera alquilado por un
hipermercado que usó buena parte del terreno para construir el estacionamiento.
En 1998 la fábrica de ladrillos renació por impulso de Jorge Ctibor, nieto
del pionero y responsable desde 1978 de la firma, cuyo directorio integran
también otros miembros de la familia. Así, radicada en el Parque Industrial de
Abasto se inauguró rebautizada como Cerámica Ctibor y abocada a la fabricación de
ladrillos huecos mediante procesos automatizados y equipamiento de avanzada.
Desde allí se provee a un amplio mercado que abarca prácticamente toda la
provincia de Buenos Aires así como Rosario y su zona de influencia. La firma
hoy es presidida por otra representante de la cuarta generación: Eugenia
Ctibor, que además es, desde abril último, presidente de la Unión Industrial
del Gran La Plata.
Sin bien la rehabilitación de la planta se fue haciendo imprescindible por los cambios en el mercado, en la decisión influyó el peso del legado familiar: Jorge siempre repite que siente una gran responsabilidad y orgullo al pensar que de la empresa de sus ancestros “salió el material con el que está hecha prácticamente toda la ciudad”.
Para el empresario: “Cerámica Ctibor ha logrado un alto grado de madurez y
organización en un sistema de management en el que el directorio se enriquece a
partir de una dinámica multidisciplinar. Aún así la estructura sigue teniendo
las mismas cualidades propias de una empresa familiar que son la pasión, la
convicción y el compromiso”.
HUELLAS DE LA HISTORIA
Acompañado por el entusiasmo de la familia, Jorge Ctibor impulsó el
proyecto para crear un museo con la idea de poder recuperar el valor histórico,
tecnológico, social, arquitectónico y científico del sitio donde funcionó la
antigua fábrica. Al edificio se le habían anexado dos viviendas, una a cada
lado de la planta en “U” destinadas al gerente y capataz respectivamente.
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La chimenea del vieojo horno de Ctibor que puede verse desde el Camino Centenario se encuentra en un proceso de puesta en valor |
Se procedió a un trabajo de restauración e intervención a cargo del
arquitecto Guillermo García quien inició la tarea en 2004 transformando la
vieja casona de ladrillo sin revocar de unos trescientos metros cubiertos que
fue la administración de la planta en el Museo del Ladrillo. Se eliminaron
revoques internos posteriores a la obra original y se relocalizaron vigas,
aberturas, zinguerías, pisos de pinotea, objetos de bronce que se habían
rescatado de la demolición de otros sectores de la vieja planta.
Al descubrir los muros interiores se advirtió que estaban construidos con
ladrillos con fallas e imperfecciones en el proceso de cocción que se advierten
a simple vista por su coloración. Además, durante las tareas de puesta en valor
se halló en el patio un viejo pozo con desperdicios del que se extrajeron en
una tarea de antropología urbana diferentes objetos desde frascos de esencias,
botellas hasta un juego casi completo de vajilla que hoy se encuentran
exhibidos junto a los elementos que dan cuenta de los procesos productivos en
distintas épocas a lo largo de la vida de la fábrica. En los trabajos se logró
reconstruir el escritorio original de la oficina de administración, además de
varias máquinas, herramientas y ladrillos de antigua data, algunos con el viejo
sello Ctibor.
En septiembre de 2007 el horno principal y la estructura existente, cuya
parte más visible es la chimenea de unos 35 metros de altura fue declarado
“Patrimonio de Interés Municipal Arquitectónico de la Ciudad de La Plata”, en
unión con el conjunto de bienes y componentes de la fábrica de la familia
Ctibor.
Para poder abocarse a la preservación integral del viejo complejo
industrial se creó en 2008 la Fundación Espacio Ctibor que al año siguiente
consiguió, como primer gran logro: inaugurar el Museo del Ladrillo.
Único en su tipo en el país y con escasos antecedentes en el mundo, el
museo cuenta con cinco salas de exposición permanente, una galería
semicubierta, un salón de usos múltiples y una sala de exposiciones temporarias
o salón auditorio. A la escalera de ingreso, que exhibe el desgaste propio del
uso intensivo por más de cien años se le anexó una de hierro que cumple con las
reglas de seguridad para el ingreso de visitantes permitiendo, a su vez, el
resguardo de la original. La historia de la empresa familiar está condensada en
el libro Ctibor. Tradición y futuro de la industria ladrillera, editado en 2019
y del que se han tomado varias de las fotos que ilustran este artículo.
Desde hace casi una década los Ctibor trabajan para recuperar el horno
mayor con que contaba la fábrica que en su chimenea lleva el nombre Ctibor y la
fecha 1905.
Ante el ostensible deterioro que presentaba el lugar en manos de una firma
comercial estadounidense que se había comprometido a su mantenimiento, los
descendientes del fundador de la ladrillera iniciaron en 2014 una cruzada para
lograr la desafectación de ese espacio de la zona comercial y tras largas
conversaciones consiguieron en febrero de 2018 recuperar el control tras
acordar una devolución a cambio de otra porción de terrenos aledaños.
En base a un relevamiento del lugar y el estudio de documentos históricos
se estableció un plan integral de actuación en procura de su
refuncionalización. Comenzó así un trabajo de recuperación artesanal y puesta
en valor de la estructura anular en que se ubicaban los ladrillos para su
cocción. También se acometió el apuntalamiento y restauración de la chimenea,
referencia ineludible para quienes ingresan al casco urbano desde el norte por
el camino Centenario. El conjunto estará rodeado por un espacio público que
llevará el nombre del precursor de la empresa.
Según explicó María Victoria Ctibor, bisnieta del fundador y miembro de la
Fundación, “la idea es convertir ese lugar en un espacio destinado a la cultura
para que todos los platenses puedan conocerlo y disfrutar de un espacio que es
patrimonio de la ciudad”. Será un nuevo espacio de arte y tecnología que
permita la exhibición de obras artísticas vinculadas a la temática de la
industria, la cerámica y la historia de la ciudad y su evolución, devolviendo
así este bien tan preciado bien a la comunidad.
www.0221.com.ar